Archive for junio, 2010


Debido a un error en la programación, ayer salió la entrada que tenía prevista para hoy. Se trata del cuento de CUENTO DE LAS TRES HERMANAS que es realmente bonito.

Me hubiera gustado que el cuento saliera sólo para darle el protagonismo que se merece, pero ya no puedo dar vuelta atrás.

Sin embargo, me temo que la entrada puede haber pasado desapercibida. Por ello os hago bastante incapié en el enlace del CUENTO DE LAS TRES HERMANAS para que no dejéis de leerlo, ya que guarda estrecha relación con el artículo de hoy y con otros muchos que vendrán después.

Disculpad el error, espero que os guste el cuento y el artículo de hoy.

ESTEFANÍA JIMÉNEZ

 

Tres morillas me enamoran

en Jaén

Aixa, Fátima y Marién.

Tres morillas tan garridas

iban a coger olivas

y hallábanlas cogidas

en Jaén

Aixa, Fátima y Marién.

Y hallábanlas cogidas

y tornaban desmaídas

y las colores perdidas

en Jaén

Aixa, Fátima y Marién.

Tres morillas tan lozanas

iban a coger manzanas

en Jaén

Aixa, Fátima y Marién.

Una a uno y uno a una

se quieren bien

Aixa, Fátima y Marién.

  (Canciocilla popular del sXV)

 

 

Según Eslava Galán, la Diosa Madre, solía representarse en forma de trinidad o Diosa triple.

En el dolmen que había donde hoy está la catedral de Jaén, no hubo una sino tres Diosas Madre distintas que dieron lugar a las tres Vírgenes históricas del periodo medieval hasta que la iglesia, como siempre, decidió suprimirlas convirtiéndolas en Cristos o en otras Vírgenes (véase “El enigma de la mesa de Salomón” de Juan Eslava Galán).

En la tradición cristiana, estas tres vírgenes, representación de la Diosa Madre en sus tres facetas, se convirtieron en las tres Marías que acompañaron a Jesús.

La triada de la Diosa Madre perdura todavía en los pedestales de algunas vírgenes mediante la representación de tres ángeles.

Esta cancioncilla del s XV nos recuerda a las tres Hespérides, éstas también eran tres hermanas y vino un héroe solar, Hércules, que les robó las manzanas que custodiaban. También recuerda al cuento que he contado anteriormente en Ecos de la Distancia sobre las tres hermanas que tenían que llevar las naranjas limpias para que no les cortaran el cuello. Quizá este cuento que a mi me contaba mi abuela, tiene un origen ancestral y esté relacionado con el culto a la Diosa Madre y ha llegado hasta nosotros de esta manera que yo he contado. Hay que recordar que el manzano es el árbol de la ciencia, del conocimiento, no sólo en el mito griego sino también en el Paraíso con la historia de Adán y Eva. Eva dio a probar a Adán el fruto del árbol del conocimiento.

Según Eslava, el manzano y el olivo representaban respectivamente al solsticio de verano y de invierno en las ceremonias del Gran Año, por lo tanto la cancioncilla alude a ritos agrarios (que a fin de cuentas en eso consistía el antiguo culto pagano a la Diosa Madre).

Hay otras canciones que aparecen en el libro de Eslava que también hacen referencia a este tema:

A la verde, verde,

a la verde oliva

donde cautivaron

a las tres cautivas.

De oro dorada,

dorada manzana

a las tres cautivas

cautivas llevaban.

Existen en la provincia muchísimas vírgenes negras convertidas por la iglesia en Vírgenes católicas a las que veneramos casi sin darnos cuenta, siguiendo como por instinto el antiguo culto a la Diosa Madre.

Cualquier patrona con su típica ermita y su romería casi siempre en primavera es, con toda seguridad, una virgen negra o una representación de esta Diosa Madre a la que los lugareños, desde tiempos inmemoriales, le rinden culto sin saber que, aunque ahora lo hagan como católicos, lo siguen haciendo porque la tradición está tan arraigada que no nos acordamos de dónde proceden estos cultos y estas devociones y porque ni la iglesia ha sido capaz de terminar con dichas tradiciones, asumiéndolas y disfrazándolas en fiestas católicas.

En Jaén, por ejemplo, está la Virgen de la Capilla, entre otras, que sin duda casi todos conocemos pues es muy venerada  y celebra su festividad en Junio.

Otra virgen negra que levanta mucha devoción y  de la que todavía hacemos alusión a su color es la “morenita” o la Virgen de la Cabeza, la Virgen del Rocío, aunque no es de la provincia, también es una virgen negra muy conocida.

No hay que olvidar que el culto a la Diosa Madre se hace en todos los rincones del mundo (Isis, Astarté, Cibeles, Inhursaga, etc…). Véase los himnos homéricos (siglos VII-VI a de C), hay uno dedicado a la Diosa Madre llamado “Himno a Gea, madre de todo”, así como las venus paleolíticas. Todas son símbolos de fecundidad y a casi todas se las representa amamantando. Cualquier virgen que conozcáis porque hayáis ido a su romería tiene la típica leyenda de que un pastor se la encontró en una cueva, hay que decir que las cuevas se consideran sitios sagrados por la cantidad de energía electromagnética que hay en ellas debido a las corrientes telúricas, no es de extrañar, pues, que nuestros antepasados eligieran las cuevas para erigir sus santuarios a la Diosa Madre y rendirle culto en ellas para que sus cosechas fueran buenas y sus animales y sus mujeres fértiles. En Torredelcampo, Jaén, tenemos a Santa Ana, abuela de Jesús según la iglesia católica, para mí, y no sé si me equivoco, no hay mayor ejemplo de culto a la fecundidad. Santa Ana es la madre de la madre de Jesús y su romería, no lo olvidemos, se celebra el día de la madre. Aunque,  al darle la iglesia el nombre de Ana (habría que ver que significa “Triana”, Ana creo que significa “llena de gracia”), su festividad es el 26 de julio. También hay que decir que en el Biblia no se menciona a Ana como madre de María sino que aparece en un evangelio apócrifo (que no están reconocidos por la iglesia católica) el protoevangelio de Santiago, cosa un poco paradójica, habría que estudiarlo, ya que no estoy segura porque no he leído la Biblia, por supuesto.

En fin, que este tema da para mucho, si os gusta os aconsejo que leáis los libros de Juan Eslava “El enigma de la mesa de Salomón” o “La lápida Templaria”, junto con otros muchos de otros autores, ya que de este tema se ha escrito muchísimo.

 BELÉN JIMÉNEZ

 

ENTRADAS RELACIONADAS:

CUENTO DE LAS TRES HERMANAS

LA NOCHE DE SAN JUÁN

No podía dejar de incluir en esta sección de “Ecos inmortales” otro de mis grandes inmortales.

Romántico, siniestro, inquietante, desolador… sólo un genio como Edgar Allan Poe y sólo un ilustrador como Gustave Doré.

ESTEFANÍA JIMÉNEZ.

 

 

"NEVERMORE" GUSTAVE DORÉ, 1853

 

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos.  Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir granzando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabolica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!

 

GUSTAVE DORÉ, 1853

 

Os recomiendo que echeis un vistazo a este enlace de Wikipedia donde se hace un análisis muy extenso de este maravilloso poema de Poe:

http://es.wikipedia.org/wiki/El_cuervo_(poema)

Así como también este otro donde podréis admirar todas las ilustraciones que Doré realizó para “El Cuervo”:

http://www.danshort.com/raven/

Este cuento tan bonito nos lo envía mi hermana Belén que tiene buena memoria para las historias.

El cuento en sí guarda un significado muy profundo y complejo del que hablaremos más extensamente en próximas entradas en Ecos de la Distancia. Así que no dejéis de estar atentos al blog en los próximos días.

Aquí os dejo el cuento de las tres hermanas que estoy segura de que os va a gustar tanto como a mí.

ESTEFANÍA JIMÉNEZ

 

 

En el reino de Jaén, que por entonces estaba en lucha continua contra los moros, vivía un rey muy rico y poderoso.

Este rey tenía tres hijas a cual más guapa que estaban en edad de casarse, pero debido a las guerras el rey no les encontraba marido. Como había muchas revueltas, el rey les tenía prohibido salir, además corría el rumor de que un rey moro con cierto poder mágico estaba al acecho de las muchachas de la localidad. Al parecer se las llevaba, nadie sabía dónde, y esas muchachas ya no volvían nunca.

Un día, en su palacio, las tres hermanas se aburrían enormemente y decidieron echar a suertes quien iba a la fuente mayor a por agua. Le tocó a la hermana mayor salir primero, así que cogió su cántaro y bajó a la fuente. Cuando estaba a punto de terminar de llenarlo, se dio cuenta que delante de ella había un hombre de tez morena, ojos de color de la aceituna y un gran mostacho que casi le cubría el rostro, llevaba un turbante blanco y en la cintura llevaba un sable que brillaba con los reflejos del agua de la fuente. La muchacha quedó prendada inmediatamente de él como si de un hechizo se tratara. El hombre, que no era otro que el rey moro, la invitó a seguirlo a su palacio que según le explicó estaba bajo tierra para protegerlo de los ataques de los soldados del rey cristiano. Ella lo siguió como en una nube y él la condujo a través del campo hasta una montaña donde ya era imposible seguir, de pronto y ante el asombro de la princesa, el rey moro dijo, en un idioma que ella desconocía, unas palabras que tendrían que ser mágicas pues la tierra tembló con un sonido ensordecedor, la roca de la montaña empezó a crujir y poco a poco se fue abriendo una grieta cada vez más grande hasta que cogió el tamaño suficiente para que entrara el caballo del rey moro. A su encuentro salió un criado que, para el asombro de la joven, llevaba una venda en los ojos y se llevó el caballo del rey. Delante de ellos había una escalera tan larga que no se alcanzaba a ver el final y que descendía hasta las entrañas de la tierra.

El rey moro y la princesa comenzaron a descender por la escalera y al cabo de un buen rato estaban delante de una puerta ricamente decorada de yeserías y arabescos, típicos del palacio del rey más poderoso del mundo. Cuando entraron la muchacha se quedó boquiabierta al ver las riquezas y la decoración de aquel palacio. Versos del Corán decoraban las paredes haciendo figuras extrañas, grandes tapices colgaban de los muros y lámparas de aceite con incrustaciones de piedras que la princesa no había visto jamás, ni siquiera en las impresionantes joyas que las damas de la corte lucían en las opulentas fiestas que su padre organizaba cuando de vez en cuando venían tiempos de paz.

Las estancias del palacio eran magníficas y de unas dimensiones impresionantes, nada parecido a los oscuros corredores y los fríos muros del palacio de su padre. Estaban rodeadas de almohadones de fina seda  rellenos de  plumas de aves exóticas y de unos colores tan brillantes que la princesa casi tuvo que guiñar los ojos.

En el centro de casi todas ellas había fuentes de agua cristalina y de formas que recordaban estrellas, de ellas salían canales en las cuatro direcciones que marcaba la estrella polar, que a su vez se unían a otros que provenían de otras tantas fuentes, y todos ellos se unían en uno sólo al llegar a un patio donde  había una gran estanque rodeado de arrayanes y plantas aromáticas donde nadaban, ajenos al asombro de la muchacha, peces de todos los colores que ella conocía.

Para cuando ya habían recorrido la mayoría del palacio, la princesa estaba completamente enamorada de aquel rey que parecía, y seguro lo era, más rico y poderoso que todos los príncipes de todos los reinos de la España cristiana.

De pronto se detuvieron delante de una puerta que al principio había pasado desapercibida para la princesa. Era insignificante, de vulgar madera  y tan pequeña que de seguro habría que agacharse al pasar a través de ella. El rey le dijo, con un tono que hizo que un escalofrío le recorriera la espalda, que todas las estancias del palacio eran para ella, ya que iba a ser su favorita en el harén. Podía hacer uso de la gran biblioteca donde había libros que habían sido rescatados de las más grandes bibliotecas de la antigüedad, podía darse baños y pasear por los inmensos jardines, dar de comer a las fabulosas aves y cisnes de los estanques, cultivar y cuidar de las hermosas rosas y comer los frutos exquisitos de todos los árboles frutales. Sin embargo sólo le prohibía una cosa: entrar en aquella habitación que, según el moro, no tenía nada de particular. La princesa accedió de buena gana ya que con la cantidad de lujos y riquezas que tenía a su alcance no le importaba nada lo que había en esa habitación.

Pasó el tiempo y la princesa disfrutaba de todo lo que la rodeaba aunque cada vez se sentía más triste. Se aburría sola en aquel gran palacio porque no tenía con quien compartir todo aquel lujo. Además echaba de menos a su padre y a sus hermanas.

Un día, el rey moro tuvo que partir a la guerra y le dejó dicho a la princesa que podía seguir en el palacio hasta su vuelta, pero que por ninguna razón entrara en la habitación prohibida. Para asegurarse de que no iba a entrar le dio a la muchacha una naranja y le dijo  que cuando volviera le iba a pedir la naranja y tendría que estar en el mismo estado en que él se la había entregado.

A la princesa esto le extrañó, pero no le importó puesto que lo consideraba una prueba estúpida, lo único que tenía que hacer era llevar siempre la naranja consigo.

Así lo hizo, día tras día, la muchacha recorría las estancias del palacio con su naranja en la mano, suspirando de añoranza y de aburrimiento.

Un día pasó delante de la puerta prohibida y se detuvo ante ella.

-¿Por qué no querrá mi rey que cruce esta puerta? -Se preguntó, y pensó que seguro era un cuarto escobero y que el rey no quería que ella lo viera porque no era digno de una princesa.

Pero a la muchacha le pudo la curiosidad y, un poco nerviosa y muy despacio, giró el pomo. La puerta era más pesada de lo que ella imaginaba. Al entrar todo estaba oscuro, había un extraño olor dulzón que la hizo estremecerse. El suelo parecía pegajoso y húmedo. Alcanzó un candil que había cerca y lo encendió. Lo que vio la dejó paralizada…

Debido al impacto, de su mano cayó la naranja, que fue rodando por el suelo quedando manchada de sangre, sangre espesa y pegajosa que chorreaba de las cabezas cortadas de decenas de muchachas que, como ella, habían sido favoritas del rey.

Aterrada recogió la naranja manchada y salió corriendo de la habitación. Por fin comprendió el significado de la prueba que el rey moro le había puesto.

Intentó lavar la naranja pero no lo conseguía. Por más que frotaba y frotaba, la sangre cada vez se tornaba más roja.

Cuando el rey volvió, le pidió que le entregara la naranja pero ella se negó. Se lo ordenó esta vez con una voz que  retumbó en las paredes del palacio, cuando ella se la dio temblando, el rey la miró con una extraña sonrisa en los labios y antes de que ella se diera cuenta de lo que estaba pasando, el moro sacó su sable y de un solo tajo le cortó la cabeza.

Mientras tanto, en el palacio aguardaban las princesas el regreso de su hermana mayor.

Al ver que no volvía, la princesa mediana decidió ir en su busca. Bajó a la fuente y allí había un hombre de tez morena esperándola. La llevó a su suntuoso palacio y la historia se repitió para la mediana de las hijas del rey cristiano.

A la hermana pequeña le gustaba hablar con la gente del pueblo y por tanto había escuchado los rumores del rey moro con poderes para hechizar a las muchachas. Así que se preocupó terriblemente viendo que ninguna de sus hermanas regresaba. Decidida, se armó de valor y fue hasta la fuente a buscarlas.

Allí se encontró con el misterioso hombre del turbante y se dio cuenta enseguida de quién se trataba. Era consciente de lo que le había pasado a sus hermanas, y decidió seguir al rey moro hasta su palacio fingiendo estar hechizada.

Cuando el rey volvió a partir para la guerra, le entregó también una naranja a ella.

La muchacha aprovechó la ausencia del rey para buscar a sus hermanas por todo el palacio. Ya sólo le quedaba por mirar en la misteriosa habitación prohibida.

Al igual que sus hermanas, giró el pomo despacio y empujó la pesada puerta. También su naranja rodó entonces hasta el suelo cuando vio con horror como las cabezas de sus hermanas, junto con las de otras muchas muchachas, colgaban como trofeos de las paredes impregnadas en sangre.

Sin embargo, la princesa era de naturaleza valiente y se sobrepuso con rapidez de la impresión. Decidida a buscar venganza, recogió la naranja del suelo e intentó lavarla sin éxito. A escondidas, recogió una naranja similar a la que el moro le había dado y la cambió por la naranja manchada.

Cuando el rey regresó y le pidió la naranja ella le entregó una fruta limpia, igual que él se la había entregado antes de partir así que él no dudó de la obediencia de la joven y se casó con ella.

Una noche, cuando el rey dormía bajo los efectos del oloroso vino dulce proveniente de Oriente, la princesa le robó su sable y, al igual que él había hecho con sus hermanas, de un solo golpe le separó la cabeza del cuerpo que rodó por el suelo salpicado de sangre como las naranjas habían rodado por aquel otro.

El hechizo del rey brujo se deshizo y las dos princesas, junto con el resto de las muchachas, aparecieron ante ella con sus cabezas pegadas a sus jóvenes cuerpos.

El palacio de ensueño se desvaneció convirtiéndose en una fría y húmeda cueva. Las princesas regresaron a la ciudad junto con las muchachas y el pueblo las veneró siempre como heroínas y salvadoras.

NARRADO POR BELÉN JIMÉNEZ

 

AUTOR: Lian Hearn

EDITORIAL: Alfaguara

ARGUMENTO: Por fin Kaede y Takeo han logrado su sueño y se han casado en secreto. Este matrimonio supone una importante alianza entre ambos herederos y por tanto cuenta con la desaprobación del Señor de la Guerra, Arai Daiichi, actual señor de casi todo el territorio de los tres países.

La pareja se ha refugiado en el templo de Terayama, donde han logrado reunir un importante ejército de fieles seguidores a los Otori. Ahora, han de partir de regreso a sus respectivos territorios para reclamarlos como herederos.

Serán muchas las batallas y dificultades a sortear hasta lograr sus planes. Muchas las víctimas y mucho el sufrimiento, pero ellos no se rendirán con facilidad pues están dispuestos a traer a su país la paz por la que tanto trabajaron Otori Shigueru y Maruyama Naomi.

OPINIÓN: A mi parecer éste es el más ameno y ágil de la saga. La suerte está echada y en estas páginas se decidirá el futuro de todos. Es de esos libros que te mantiene en tensión desde el inicio hasta el final.

Maravillosos paisajes y descripciones, costumbres ancestrales, batallas épicas, traiciones, injusticias sociales y machistas, fuerza de voluntad y valentía, y por encima de todo ello, una hermosa y apasionada historia de amor, capaz de sobrevivir a cualquier prueba que el destino quiera imponerle.

Una historia realmente preciosa, narrada casi musicalmente, de lectura amena. Uno de esos libros que te dejan huella y de los que acabas con ganas de más. Afortunadamente existe una última parte de la que os hablaré más adelante.

ESTEFANÍA JIMÉNEZ

AMANECERES CAUTIVOS

AUTOR:  Nieves Hidalgo

ARGUMENTO: Corre el año 1521, y las calles de Toledo son el epicentro de la revuelta de los Comuneros contra Carlos I.

Días de azadas, puñales y pistolas oxidadas en mano, de gritos de revolución que claman por justicia, y que se mezclan con la lucha de España, al frente de los ejércitos de la Cristiandad, contra la perenne amenaza del Imperio Otomano. Entre los adalides de la lucha contra el turco destaca con luz propia Carlos Arteche, conde de Osorno, convertido en corsario para saciar su inagotable sed de aventuras. Pendenciero y mujeriego, Arteche se cuenta entre quienes creen que las mujeres están para ser conquistadas, amadas, halagadas, y por supuesto abandonadas. Españolas, italianas, inglesas, francesas e incluso turcas….ninguna ha conseguido retener más allá de unos suspiros al conde, que mantiene impoluta así su fama de seductor.

Ninguna, hasta que conoce a Marina Alonso y de la Vega, joven viuda de su mejor amigo, Juán de Aranda, fallecido en extrañas circunstancias. Marina es una mujer víctima de la desgracia que a la pérdida de su esposo suma también las muertes recientes de su padre y de su hijo no nato, infortunios todos ellos que la han conducido al borde de la locura. Pero es también una luchadora nata, dispuesta a plantarle cara a la vida y a los obstáculos que ésta se atreva a ponerle de por medio. Su indómito carácter, junto a su belleza nada común, serán capaces de obrar la proeza de llegar hasta donde ni las más fieras armas turcas han alcanzado: el alma del impenitente conde.

 

OPINIÓN: Es una historia bonita, si la escritora hubiera profundizado un poco más en el ambiente histórico en el que se desarrolla la novela o en la intriga del misterio de Juán  de Aranda, quizá me hubiera gustado más, pero se centra en la historia de amor de los protagonistas y también tiene un poco de erotismo.

Está bien para esas etapas que, como dije en una ocasión, pasamos las mujeres de vez en cuando. Esta vez yo buscaba novela histórica pero me ha gustado bastante, fácil de leer y de comprender, la escritora explica muy bien los problemas que en esa época había con Carlos I y con el origen del luteranismo y las revueltas en Flandes.

BELÉN JIMÉNEZ

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