Este cuento tan bonito nos lo envía mi hermana Belén que tiene buena memoria para las historias.

El cuento en sí guarda un significado muy profundo y complejo del que hablaremos más extensamente en próximas entradas en Ecos de la Distancia. Así que no dejéis de estar atentos al blog en los próximos días.

Aquí os dejo el cuento de las tres hermanas que estoy segura de que os va a gustar tanto como a mí.

ESTEFANÍA JIMÉNEZ

 

 

En el reino de Jaén, que por entonces estaba en lucha continua contra los moros, vivía un rey muy rico y poderoso.

Este rey tenía tres hijas a cual más guapa que estaban en edad de casarse, pero debido a las guerras el rey no les encontraba marido. Como había muchas revueltas, el rey les tenía prohibido salir, además corría el rumor de que un rey moro con cierto poder mágico estaba al acecho de las muchachas de la localidad. Al parecer se las llevaba, nadie sabía dónde, y esas muchachas ya no volvían nunca.

Un día, en su palacio, las tres hermanas se aburrían enormemente y decidieron echar a suertes quien iba a la fuente mayor a por agua. Le tocó a la hermana mayor salir primero, así que cogió su cántaro y bajó a la fuente. Cuando estaba a punto de terminar de llenarlo, se dio cuenta que delante de ella había un hombre de tez morena, ojos de color de la aceituna y un gran mostacho que casi le cubría el rostro, llevaba un turbante blanco y en la cintura llevaba un sable que brillaba con los reflejos del agua de la fuente. La muchacha quedó prendada inmediatamente de él como si de un hechizo se tratara. El hombre, que no era otro que el rey moro, la invitó a seguirlo a su palacio que según le explicó estaba bajo tierra para protegerlo de los ataques de los soldados del rey cristiano. Ella lo siguió como en una nube y él la condujo a través del campo hasta una montaña donde ya era imposible seguir, de pronto y ante el asombro de la princesa, el rey moro dijo, en un idioma que ella desconocía, unas palabras que tendrían que ser mágicas pues la tierra tembló con un sonido ensordecedor, la roca de la montaña empezó a crujir y poco a poco se fue abriendo una grieta cada vez más grande hasta que cogió el tamaño suficiente para que entrara el caballo del rey moro. A su encuentro salió un criado que, para el asombro de la joven, llevaba una venda en los ojos y se llevó el caballo del rey. Delante de ellos había una escalera tan larga que no se alcanzaba a ver el final y que descendía hasta las entrañas de la tierra.

El rey moro y la princesa comenzaron a descender por la escalera y al cabo de un buen rato estaban delante de una puerta ricamente decorada de yeserías y arabescos, típicos del palacio del rey más poderoso del mundo. Cuando entraron la muchacha se quedó boquiabierta al ver las riquezas y la decoración de aquel palacio. Versos del Corán decoraban las paredes haciendo figuras extrañas, grandes tapices colgaban de los muros y lámparas de aceite con incrustaciones de piedras que la princesa no había visto jamás, ni siquiera en las impresionantes joyas que las damas de la corte lucían en las opulentas fiestas que su padre organizaba cuando de vez en cuando venían tiempos de paz.

Las estancias del palacio eran magníficas y de unas dimensiones impresionantes, nada parecido a los oscuros corredores y los fríos muros del palacio de su padre. Estaban rodeadas de almohadones de fina seda  rellenos de  plumas de aves exóticas y de unos colores tan brillantes que la princesa casi tuvo que guiñar los ojos.

En el centro de casi todas ellas había fuentes de agua cristalina y de formas que recordaban estrellas, de ellas salían canales en las cuatro direcciones que marcaba la estrella polar, que a su vez se unían a otros que provenían de otras tantas fuentes, y todos ellos se unían en uno sólo al llegar a un patio donde  había una gran estanque rodeado de arrayanes y plantas aromáticas donde nadaban, ajenos al asombro de la muchacha, peces de todos los colores que ella conocía.

Para cuando ya habían recorrido la mayoría del palacio, la princesa estaba completamente enamorada de aquel rey que parecía, y seguro lo era, más rico y poderoso que todos los príncipes de todos los reinos de la España cristiana.

De pronto se detuvieron delante de una puerta que al principio había pasado desapercibida para la princesa. Era insignificante, de vulgar madera  y tan pequeña que de seguro habría que agacharse al pasar a través de ella. El rey le dijo, con un tono que hizo que un escalofrío le recorriera la espalda, que todas las estancias del palacio eran para ella, ya que iba a ser su favorita en el harén. Podía hacer uso de la gran biblioteca donde había libros que habían sido rescatados de las más grandes bibliotecas de la antigüedad, podía darse baños y pasear por los inmensos jardines, dar de comer a las fabulosas aves y cisnes de los estanques, cultivar y cuidar de las hermosas rosas y comer los frutos exquisitos de todos los árboles frutales. Sin embargo sólo le prohibía una cosa: entrar en aquella habitación que, según el moro, no tenía nada de particular. La princesa accedió de buena gana ya que con la cantidad de lujos y riquezas que tenía a su alcance no le importaba nada lo que había en esa habitación.

Pasó el tiempo y la princesa disfrutaba de todo lo que la rodeaba aunque cada vez se sentía más triste. Se aburría sola en aquel gran palacio porque no tenía con quien compartir todo aquel lujo. Además echaba de menos a su padre y a sus hermanas.

Un día, el rey moro tuvo que partir a la guerra y le dejó dicho a la princesa que podía seguir en el palacio hasta su vuelta, pero que por ninguna razón entrara en la habitación prohibida. Para asegurarse de que no iba a entrar le dio a la muchacha una naranja y le dijo  que cuando volviera le iba a pedir la naranja y tendría que estar en el mismo estado en que él se la había entregado.

A la princesa esto le extrañó, pero no le importó puesto que lo consideraba una prueba estúpida, lo único que tenía que hacer era llevar siempre la naranja consigo.

Así lo hizo, día tras día, la muchacha recorría las estancias del palacio con su naranja en la mano, suspirando de añoranza y de aburrimiento.

Un día pasó delante de la puerta prohibida y se detuvo ante ella.

-¿Por qué no querrá mi rey que cruce esta puerta? -Se preguntó, y pensó que seguro era un cuarto escobero y que el rey no quería que ella lo viera porque no era digno de una princesa.

Pero a la muchacha le pudo la curiosidad y, un poco nerviosa y muy despacio, giró el pomo. La puerta era más pesada de lo que ella imaginaba. Al entrar todo estaba oscuro, había un extraño olor dulzón que la hizo estremecerse. El suelo parecía pegajoso y húmedo. Alcanzó un candil que había cerca y lo encendió. Lo que vio la dejó paralizada…

Debido al impacto, de su mano cayó la naranja, que fue rodando por el suelo quedando manchada de sangre, sangre espesa y pegajosa que chorreaba de las cabezas cortadas de decenas de muchachas que, como ella, habían sido favoritas del rey.

Aterrada recogió la naranja manchada y salió corriendo de la habitación. Por fin comprendió el significado de la prueba que el rey moro le había puesto.

Intentó lavar la naranja pero no lo conseguía. Por más que frotaba y frotaba, la sangre cada vez se tornaba más roja.

Cuando el rey volvió, le pidió que le entregara la naranja pero ella se negó. Se lo ordenó esta vez con una voz que  retumbó en las paredes del palacio, cuando ella se la dio temblando, el rey la miró con una extraña sonrisa en los labios y antes de que ella se diera cuenta de lo que estaba pasando, el moro sacó su sable y de un solo tajo le cortó la cabeza.

Mientras tanto, en el palacio aguardaban las princesas el regreso de su hermana mayor.

Al ver que no volvía, la princesa mediana decidió ir en su busca. Bajó a la fuente y allí había un hombre de tez morena esperándola. La llevó a su suntuoso palacio y la historia se repitió para la mediana de las hijas del rey cristiano.

A la hermana pequeña le gustaba hablar con la gente del pueblo y por tanto había escuchado los rumores del rey moro con poderes para hechizar a las muchachas. Así que se preocupó terriblemente viendo que ninguna de sus hermanas regresaba. Decidida, se armó de valor y fue hasta la fuente a buscarlas.

Allí se encontró con el misterioso hombre del turbante y se dio cuenta enseguida de quién se trataba. Era consciente de lo que le había pasado a sus hermanas, y decidió seguir al rey moro hasta su palacio fingiendo estar hechizada.

Cuando el rey volvió a partir para la guerra, le entregó también una naranja a ella.

La muchacha aprovechó la ausencia del rey para buscar a sus hermanas por todo el palacio. Ya sólo le quedaba por mirar en la misteriosa habitación prohibida.

Al igual que sus hermanas, giró el pomo despacio y empujó la pesada puerta. También su naranja rodó entonces hasta el suelo cuando vio con horror como las cabezas de sus hermanas, junto con las de otras muchas muchachas, colgaban como trofeos de las paredes impregnadas en sangre.

Sin embargo, la princesa era de naturaleza valiente y se sobrepuso con rapidez de la impresión. Decidida a buscar venganza, recogió la naranja del suelo e intentó lavarla sin éxito. A escondidas, recogió una naranja similar a la que el moro le había dado y la cambió por la naranja manchada.

Cuando el rey regresó y le pidió la naranja ella le entregó una fruta limpia, igual que él se la había entregado antes de partir así que él no dudó de la obediencia de la joven y se casó con ella.

Una noche, cuando el rey dormía bajo los efectos del oloroso vino dulce proveniente de Oriente, la princesa le robó su sable y, al igual que él había hecho con sus hermanas, de un solo golpe le separó la cabeza del cuerpo que rodó por el suelo salpicado de sangre como las naranjas habían rodado por aquel otro.

El hechizo del rey brujo se deshizo y las dos princesas, junto con el resto de las muchachas, aparecieron ante ella con sus cabezas pegadas a sus jóvenes cuerpos.

El palacio de ensueño se desvaneció convirtiéndose en una fría y húmeda cueva. Las princesas regresaron a la ciudad junto con las muchachas y el pueblo las veneró siempre como heroínas y salvadoras.

NARRADO POR BELÉN JIMÉNEZ