Para Ernesto la vida siempre era igual, la misma rutina: ir a la escuela, volver a su casa, calentar la comida congelada, posteriormente hacer sus deberes escolares y esperar a que su madre regresara de trabajar. Debido a lo introvertido que era no tenia amigos, razón por la cual siempre se encontraba solo.
Un día, mientras caminaba hacia su casa, encontró un extraño lápiz dorado que brillaba como el oro y su diseño era sencillamente hermoso. Impresionado lo tomó y lo metió en su mochila.
El resto del día lo continuó como usualmente lo hacía, hasta las diez de la noche cuando recordó el objeto que se había encontrado en la calle. Tentado, lo sacó y lo colocó en su mesa de noche para detallarlo a la luz de una luminosa lámpara que en su habitación se encontraba. Las horas pasaban y él, extasiado, no se cansaba de observarlo, hasta que alguien tocó su hombro. Asustado miró hacia atrás y no vio a nadie, pero sentía que el lugar donde se encontraba se tornaba frío y la lámpara comenzaba a titilar, de pronto escuchó una voz susurrante que le hablaba al oído, su corazón latía muy fuerte y su cuerpo no se movía por mucho que él lo deseara. Lo primero que escucho fue:
-Ahora tú eres el poseedor de mi preciado lápiz, por lo tanto ahora tu alma será mía.
No lo podía creer, al parecer el objeto que había encontrado tirado debía poseer algún tipo de maldición y con voz entrecortada le dijo:
- No te preocupes si quieres te lo regreso.
Pero aquella voz, soltando una risa estruendosa, le respondió:
- Ya es tarde para eso, tú tomaste algo que no era tuyo y ahora pagarás el precio a menos que resuelvas la siguiente incógnita: ¿Quién soy?, tienes un día o de lo contrario tu alma será mía.
De pronto el frío desapareció y la lámpara volvió a la normalidad. Asustado, no encontraba respuesta.
Toda la noche la pasó en vela y muy temprano salió de su casa para volver al lugar donde había encontrado el lápiz, lo colocó allí y corrió como desesperado, sólo se detuvo diez calles más adelante, pero de nada sirvió, al mirar en el bolsillo derecho de su chaqueta allí se encontraba el objeto que hacia algunos minutos había abandonado.
Las horas pasaban y él no encontraba respuesta, hasta que, revisando el lápiz, vio una pequeña inscripción escrita en latín. Sin saber con exactitud qué era lo que ese grabado significaba, lo llevó hasta una iglesia y allí habló con el sacerdote Abraham Escobar, pues era la única persona que podía conocer ese idioma y, en efecto así era. El cura, sin darle mucho crédito a las palabras del chico, tomó el útil de escritura y lo leyó, al hacerlo su cara se transformó y sin más lo arrojo a un costado y le dijo:
-¿Niño, en qué te has metido, no sabes que hay cosas con las que simplemente es mejor no meterse?
El joven asustado lo miró y le preguntó:
-¿Qué pasa padre?
El cura contestó:
-Esa inscripción es una maldición que traduce que aquel que tome el lápiz, perderá su alma a manos de la bruja Salomé.
El joven preguntó:
-¿Y usted sabe quién es ella?
El sacerdote le contestó:
- Según cuenta la leyenda, Salomé era una anciana que murió quemada por ofrecer las almas de los niños de este pueblo a Satanás, pero antes de morir dejó caer un elemento dorado en la tierra, éste fue enterrado, no entiendo como tú lo encontraste.
El joven entonces siguió:
-Ella me dijo que si yo descubría quién era ella me perdonaría.
El cura le dijo:
-No le creas, según la inscripción, una vez que se es el poseedor del lápiz, el alma esta condenada.
Luego de una corta pausa y un tanto asustado repuso:
-Así que hagamos algo, según la leyenda los restos de esa mala mujer descansan en las afueras de la ciudad, debajo de una roca blanca que sólo se visualiza desde el norte de la ciudad- prosiguió el sacerdote-. Una vez allí, entierra el objeto justo en el lugar donde ella se encuentre y al aparecer ella a reclamar lo que tanto anhela le darás esto- el padre sacó desde su sotana una moneda de cobre que muy cuidadosamente impregnó de agua bendita y le dijo: -Recuerda que si no tienes fe, la moneda de nada valdrá.
Acompañado del sacerdote, dispusieron todo como lo planearon, hasta que anocheció y muy sigilosamente el cura se escondió entre los matorrales que rodeaban el lugar. Al aparecer la bruja, esta dijo:
-Trajiste compañía niño, pero de nada te servirá- y con estremecer las manos, creó un remolino que levantó rocas y cuanto objeto se encontraba en el lugar y los arrojó hacia donde se encontraba el cura.
Éste se desmayo al recibir una roca en la cabeza, el niño asustado al ver lo que acababa de ocurrir echó a correr, pero de nada sirvió, aquel espeluznante ser ahora visible, con apariencia cadavérica y con piel quemada, se posó frente a él. Sin más, el joven se arrodilló he hizo algo que nunca había hecho: orar.
La bruja lo levantó por los aires o por lo menos eso intentó, porque algo pesado se lo impedía. Entonces lo vio, era la moneda, por alguna extraña razón, aunque el niño la cargaba, para ella era muy pesada. Desesperada estremeció todo a su alrededor, pero Ernesto no se movía y en un acto de fe, le lanzó la moneda. Al tirarla, aquel espanto cayó y se prendió en fuego.
Por primera vez el niño creyó que había algo superior que siempre lo protegería y aprendió a no tomar nada que no fuese suyo.
Una vez pasado el susto, el cura y el niño volvieron a la ciudad seguros de que la bruja Salomé ahora de verdad sí era leyenda.



