Categoría: CUENTOS Y LEYENDAS DE AQUÍ Y ALLÁ


RELOJ ASTRONÓMICO

“RELOJ ASTRONÓMICO DE PRAGA” – BELÉN JIMÉNEZ

Situado en la casa del ayuntamiento dela CiudadViejaen Praga encontramos este esplendido reloj astronómico que da la hora desde hace más de seiscientos años.

Fue construido por el relojero Nicolás de Kadan y por el profesor de matemáticas y astronomía Jan Sindel, y su parte más antigua, el cuadrante astronómico, data de 1410.

A partir del año 1552, el reloj se paró varias veces y tuvo que ser reparado en diversas ocasiones. La reparación de 1552 fue realizada por Jan Táborsky, que escribió un informe en el que se nombra por primera vez al maestro relojero Hanus, al que se le atribuyó el diseño del reloj. A pesar de que se demostró que esto era falso, la leyenda que se construyó en torno a su persona aún circula por ahí, entre los murmullos de los cientos de turistas que se agolpan ante el reloj para admirar su maravillosa construcción y la increíble animación de sus figuras.

No os voy a dar aquí una descripción exhaustiva de esta maravilla, aunque os recomiendo de verdad que le echéis un vistazo a alguna de las cientos de páginas que hablan sobre el tema porque es realmente interesante. Lo que yo deseo es contaros esa leyenda que se forjó con los años en torno a la construcción de este maravilloso reloj.

La construcción inicial del reloj de 1410 era bastante simple, pero a finales del siglo XV, el maestro Hanus arregló y perfeccionó su mecanismo convirtiéndolo en una magistral obra de arte, única enla Europade la época.

Los consejeros dela CiudadViejaestaban muy orgullosos de su reloj astronómico, pero comenzaron a llegar rumores de que el maestro relojero, dado su gran éxito con el reloj de Praga, había recibido numerosas ofertas de muchas ciudades. Se decía que el relojero pasaba las noches enteras trabajando, haciendo cuentas, diseñando…

Todos habían llegado a la misma conclusión: el maestro Hanus había aceptado alguna de aquellas ofertas y estaba diseñando un nuevo reloj astronómico, probablemente más grandioso, para alguna otra ciudad.

Aquello fue un duro golpe para los vanidosos consejeros que deseaban toda la gloria parala CiudadVieja, así que se pasaban las horas maquinando cómo hacer para que el maestro no volviera jamás a construir un reloj como el suyo. Finalmente, a uno de los consejeros, un hombre frío y cruel, se le ocurrió la terrible solución para conservar la exclusividad de su excepcional reloj astronómico.

Una noche, el maestro relojero se encontraba solo en su casa, trabajando en su estudio a la luz de las velas, enfrascado como de costumbre en sus diseños y cálculos. De repente lo sobresaltaron unos fuertes golpes en la puerta. En un principio se quedó helado, pero entonces se escuchó una voz apremiante que lo instaba a abrir.

El maestro, preocupado y temiendo por la suerte de su ayudante al que consideraba como un hijo, corrió hacia la puerta y apartó el pesado travesaño. Se encontró entonces con tres hombres corpulentos y amenazadores. Hanus intentó cerrar la puerta a toda prisa, pero era anciano y uno de los hombres interpuso su pie a tiempo de impedirlo. Lo empujaron hacia el interior, agarrándolo con fuerza y sin miramientos. Los asaltantes lo amordazaron y entre dos lo sostuvieron mientras el tercero blandía su afilada navaja y la acercaba a la llama del hogar. El maestro observó horrorizado cómo la hoja se tornaba roja ante el fuego. Se debatió asustado e intentó gritar, pero, al final, el terror lo venció y se desvaneció. Se despertó al cabo de unas horas aquejado de un insufrible dolor. Estaba en su propia cama y escuchaba el eco de las voces familiares y preocupadas de su ayudante y su ama de llaves. Lloraban y proferían exclamaciones de rabia e indignación mientras se afanaban a su alrededor. Sin embargo, Hanus no lograba verlos. Ante sus ojos solo había oscuridad. Aquellos animales lo habían cegado para siempre.

El maestro pasó mucho tiempo muy enfermo, con graves fiebres, luchando entre la vida y la muerte, y con escasos deseos de luchar por salvarse, dado que una vida de tinieblas se le antojaba el peor de los tormentos para él, que todo le debía a sus ojos.

Sin embargo, el cuerpo humano es impredecible y, contra todo pronóstico, después de un largo padecimiento, el maestro logró recobrarse un poco, aunque sus ojos siguieron cegados.

El anciano pasaba los días pensando en quién podría haber sido el autor de tamaña atrocidad, inmerso en su tragedia, enfermo de amargura y tristeza. Un día, su ayudante regresó de sus tareas de mantenimiento del reloj y le contó muy airado una conversación que había escuchado entre dos de los consejeros de la ciudad. Creyendo que nadie los escuchaba, comentaban con ligereza que lo que habían hecho era lo más correcto, pues de esa manera, el maestro Hanus nunca volvería a crear un reloj más grandioso que el suyo.

Así fue como el maestro se enteró de esta traición. Un gran deseo de venganza comenzó a forjarse en su piadoso corazón y desde ese momento empezó a planear cómo desquitarse con aquellos que habían causado su desgracia.

Una mañana, pidió a su ayudante que lo acompañara hasta el ayuntamiento porque deseaba acariciar las piezas de su amada máquina, escuchar su sonido. El chico se sintió feliz por ello, pues desde el ataque, su maestro no había salido a la calle ni había mostrado interés por nada. Cuando estuvieron frente a la maquinaria del gran reloj, el anciano acarició con amor cada familiar pieza, se deleitó con la música de su funcionamiento, el rodar de sus engranajes. Lloró amargamente por no poder disfrutar de su visión, por no poder volver a trabajar en lo que él tanto amaba. Aspiró hondo y se armó de valor, Visualizó en su cabeza el mecanismo. Lo conocía tan bien que era capaz de ver cada pequeño detalle aun con sus ojos cegados. Entonces, tras unos instantes de meditación, extendió su mano y, antes de que su ayudante pudiera detenerlo, la introdujo en un punto concreto de tan preciada maquinaria. Con la escasa fuerza que su enfermedad le había dejado, el maestro tiró de una de las numerosas palancas hasta que ésta se rompió. La máquina comenzó a gemir y a lanzar alarmantes chirridos que traspasaron el silencio y pudieron escucharse en toda la Staromestské námestí, la plaza dela Ciudad Vieja.

El reloj comenzó a hacer movimientos extraños hasta que finalmente se detuvo, su maquinaria había dejado de funcionar. Justo en ese momento, Hanus, el más grande relojero que había dado la historia, cayó al suelo muerto: su corazón se había detenido en el mismo momento que lo hizo su amado reloj astronómico.

El reloj sufrió una grave avería y nadie fue capaz de dar con la solución. Tratando de hallar la manera de repararlo, rebuscaron entre los apuntes y trabajos que el maestro guardaba en su estudio. De ese modo pudieron averiguar al fin en qué estaba éste trabajando en el momento en el que fue atacado por aquellos hombres enviados por los consejeros. Todos se quedaron horrorizados por la atrocidad de lo que habían hecho pues descubrieron que Hanus se afanaba por introducir mejoras en su preciado reloj, ya que deseaba convertirlo en una pieza aún más grandiosa, para que todo el mundo la admirase durante muchísimos años. Sin embargo, por más que buscaron, nadie encontró el remedio para la avería del reloj, pues esa información solo existía en la cabeza del gran maestro.

El reloj astronómico de Praga, una de las obras más grandiosas de la historia, permaneció largos años si volver a funcionar y sin poder deleitar a todo aquel que se acercaba a la casa del ayuntamiento dela CiudadVieja.

Otra versión de la leyenda nos dice que fue el ayudante el que vengó a su maestro introduciendo el brazo dentro del mecanismo del reloj. Los engranajes amputaron la mano y el reloj quedó atascado e inutilizado durante muchos años.

 ADAPTADA POR ESTEFANÍA JIMÉNEZ

La leyenda de Doña Mencía es una bonita historia sobre una de las muchas mujeres que jugaron un importante papel en la Reconquista y de la que se sabe muy poco.

Se puede decir que fue una mujer muy inteligente capaz de salvar una plaza tan importante como lo era Martos. Doña Mencía López de Haro, era hija de una noble familia de Vizcaya, nieta del rey Alfonso IX y casada con Don Álvar Perez de Castro.

A Doña Mencía le tocó vivir en una época muy importante de nuestra historia, la que corresponde con la conquista por parte del rey Fernando III el Santo, de las tierras de Jaén que todavía pertenecían al Reino Nazarí de Granada.

En el año 1224, Martos pertenecía al reino de Baeza, cuyo rey era un musulmán aliado, tras un pacto que se hizo despúes de la victoria de Fernando III de la Batalla de las Navas de Tolosa en 1212. En este pacto, este rey musulmán se hizo amigo del rey Fernando y le cedió las plazas de Martos y Andújar porque estaban situadas en sitios muy importantes, para así poder continuar conquistando territorio a los moros.

En éstas estaban cuando el rey Aben Alhamar de Granada, que por cierto era de Arjona y ya había hecho tratos con Fernando III anteriormente, se enteró que el alcaide de Martos, que era Don Alvar Pérez de Castro, el esposo de Doña Mencía, estaba tratando unos asuntos con el rey en Toledo, y quiso conquistar de nuevo Martos porque a él le venía muy bien este territorio, además se enteró de que en Martos apenas había soldados para defenderlo porque el que se había quedado al mando se había ido con todos a luchar a otro sitio.

Imaginaos al rey Alhamar frotándose las manos cuando se enteró de que en Martos sólo había 40 hombres armados para defenderlo. Ya se veía él en su castillo de la peña cómodamente instalado. Con lo que él no contaba es que, quizá en Martos no había hombres, pero sí que había mujeres y muchas, a la cabeza de todas estaba la mujer del alcaide, Doña Mencía, que como bien dice el refrán:”Detrás de un gran hombre, hay una gran mujer”.

Pues a esta gran mujer, que por cierto sería muy lista pero era un poquito fea, cuando se vio rodeada de moros por todas partes y sin hombres que las defendieran,se le ocurrió la fantástica idea de vestir a todas las mujeres de hombres. Con los trajes de soldados de repuesto que tenían los hombres en los armarios, disfrazó a todas las mujeres de Martos y las colocó en todas las torres y en todas las almenas.

Cuando Alhamar vió desde lejos las murallas de la ciudad llenas de soldados se asustó, le echó una bronca monumental a su visir que le había dicho que no había hombres en la ciudad , dio media vuelta y salió corriendo como el perro que trepó la olla, como dicen en mi pueblo.

Así que, una vez más, las mujeres les han salvado el pellejo a los hombres. Aunque sean más conocidas las hazañas caballerescas de los hombres medievales, tambien hubo en esta época tan oscura y a la vez tan bonita de nuestra historia,mujeres inteligentes y valientes.

BELÉN JIMÉNEZ

Hoy os traigo una leyenda de amor muy conocida y muy bonita, con todos los ingredientes que me gustan: reyes, judías hermosas y un amor que duró más allá de la muerte y cuya historia llegó hasta nuestros días convertida en leyenda.

Espero que os guste.

ESTEFANÍA JIMÉNEZ

 

El rey de Castilla, Alfonso VIII, (Soria 11 Noviembre de 1155, Gutiérrez Muñoz, Ávila 6 Octubre 1214), del que ya hablamos en otra leyenda aquí en Ecos de la Distancia (LA VISITA NOCTURNA (LEYENDA ASTURIANA)), se casó con Doña Leonor de Plantagenet (1160-1214), hija de Enrique II de Inglaterra. Decían que era una mujer bella, pero  bastante fría e irascible (vamos, la historia de siempre, una mujer que tuvo que dejar su país para casarse con un rey que no conocía y que probablemente no le gustaba).

El matrimonio se trasladó a Toledo donde por entonces se ubicaba la Corte de Castilla. Desde allí, Alfonso dirigía su reino con justicia y cerebro.

Era el rey muy aficionado a la caza y solía practicarla a menudo. En una de esas partidas de caza, mientras perseguía un jabalí, vio el rey en el cielo un hermoso halcón que perseguía a una indefensa paloma a la que ya había herido de gravedad.

Alfonso decidió ayudar al animalito y poniendo una flecha en su arco disparó al halcón, hiriéndolo de muerte en el pecho. Como trofeo de caza, el rey decidió ir en busca del animal que había caído en el jardín de un lugareño.

Se acercó a la casa que pertenecía a una muchacha judía llamada Raquel, huérfana y que vivía sola en el solar que le habían legado sus padres.

Al ver a la muchacha por primera vez acudieron a la memoria de Alfonso todas las habladurías que había escuchado en Toledo acerca de la hermosura de una joven judía llamada Raquel. Esa muchacha no podía ser otra que la que se encontraba frente a él, pues la chica era tan hermosa que desde el preciso instante en que la viera ya no pudo borrarla de su memoria.

Pero también la joven Raquel quedó prendada de aquel apuesto caballero aguerrido que se internó en su jardín y que la miraba como si ella no fuera una sencilla judía que dedicaba sus días a preparar pociones curativas, sino como la más noble de las reinas.

Desde que ambos se vieran por primera vez, ya no pudieron apartar sus pensamientos el uno del otro. Raquel vivía sus días suspirando por el apuesto rey, y Don Alfonso no podía dejar de pensar en la hermosa judía ni un segundo, hasta tal punto que tal situación comenzó a afectar a sus obligaciones como monarca y como esposo.

Así que finalmente cedió a sus verdaderos deseos y volvió a encontrarse con Raquel.  Desde entonces ambos vivieron un apasionado romance, pero aquella relación estaba condenada al fracaso: él era cristiano y ella judía, él estaba casado y además: ¡era el rey de Castilla!

Sin embargo, Alfonso estaba tan perdidamente enamorado de Raquel, que estaba dispuesto a renunciar a su reino por ella. Así que, arriesgándose a ser descubierto, hizo trasladar todas las pertenencias de la muchacha a un lugar apartado en el palacio real.

Con el tiempo, Alfonso acabó pasando más tiempo en aquellas estancias en las que habitaba Raquel que en el resto del palacio, ya nada le importaba a él el reino, la Iglesia o su esposa Leonor. Para él no había nada más importante que su amada judía.

Aquella situación duró más de siete años y el reino de Castilla corría un gran peligro, abandonado y sin monarca que lo gobernara, así que los nobles y el pueblo, hartos ya de semejante situación, comenzaron a ponerse en contra de Alfonso. En Toledo no se hablaba de otra cosa que de la bruja Raquel que había hechizado al rey de Castilla con sus pociones y de ese modo usurpaba las riquezas del reino.

Doña Leonor tenía que soportar la humillación y el despecho en silencio, soportando el dolor que tal situación le causaba y tratando de mantener la compostura como era propio de una reina de Castilla y de una Plantagenet. Pero por dentro estaba corroída por el odio y la amargura.

Para la reina, los nobles y el pueblo, todo el respeto que Alfonso VIII de Castilla se había forjado con hazañas grandiosas, quedó sustituido por el desprecio y las burlas por culpa de sus amoríos con Raquel.

Fue la misma Leonor, harta de semejante humillación y preocupada por el destino del reino, la que decidió actuar. Si el rey era incapaz de dejar a la bruja, entonces habría que librarse de ella. De este modo la reina contrató a dos asesinos y un día le llegó mensaje a Don Alfonso de que su esposa deseaba hablarle con urgencia. Él no deseaba un enfrentamiento con la fría Leonor a la que detestaba, pero finalmente, ante la insistencia de ésta decidió acceder.

Aprovechando esta circunstancia, los sicarios entraron en las dependencias donde se encontraba Raquel acompañada de su sirviente judío. Los asesinos obligaron al sirviente a dar muerte a la hermosa judía, pues ellos la odiaban demasiado y no deseaban manchar sus espadas con su sangre.

Cuando Alfonso llegó a sus dependencias encontró a su amante muerta en un charco de sangre, junto con su sirviente.

Loco de ira y dolor hizo colgar a los asesinos y perseguir por todo el reino a todos cuantos hubieren dicho alguna vez algo malo de su amada Raquel. Hubo numerosos encarcelamientos y castigos durante aquellos días que duró la locura del rey, incluso Leonor, de la que Alfonso pronto conoció su culpabilidad en el asunto, fue enviada a un convento a Galicia, para no tener que volver a verla jamás. De buen gusto la habría asesinado con sus propias manos si ella no hubiera sido tan poderosa.

Apaciguada la ira, el rey se sumió en un profundo dolor. Mandó construir un túmulo funerario digno de una reina para su hermosa amante y en él pasaba Alfonso los días consumiéndose poco a poco por la pena.

Se dice que sólo la muerte de sus hijos hizo volver al rey en sí. En sus últimos años, Alfonso deseó participar en algunas batallas contra los moros, y decían aquellos que cabalgaban junto a él que se enfrentaba a los enemigos con ferocidad y que cuando éstos atacaban, lanzaba lejos el escudo, buscando al parecer la muerte.

Finalmente, Alfonso VIII murió el 6 de Octubre de 1214, en una aldea llamada Gutiérrez Muñoz, a causa de unas fiebres. Aquellos que presenciaron su muerte contaron que sus últimas palabras fueron para la hermosa Raquel, que al parecer le llamaba. El rey murió sonriendo.

Otra versión de la leyenda nos dice que Raquel, al morir, se convirtió en paloma, en honor al bello animal gracias al cual había podido vivir tan felices días junto a Alfonso. Al morir él, también su alma se convirtió en paloma, y ambos volaron juntos de nuevo, reunidos más allá de la muerte.

 

Ya sabemos que en la noche de todos los Santos, la puerta que separa el mundo de los vivos del mundo del más allá se abre para dejar salir a los difuntos; y también que estos se dedican a recorrer los pueblos de los vivos para volver a los lugares en donde ellos vivían.

En esta noche los difuntos visitan a sus familiares para comprobar si estos los siguen recordando. Para evitar que los espíritus nos molesten, los vivos debemos colocar una vela encendida en nuestras puertas y ventanas por cada persona fallecida en nuestra familia. De no hacerlo nos arriesgamos a que los espíritus perturben nuestros sueños provocando terribles pesadillas… O quizás, los más receptivos, sean capaces de captarlos sin necesidad de dormir… ¡escalofriante!

Como ya dijimos, la mayoría de estas costumbres tiene un origen celta. Eran los celtas los que iniciaron la costumbre de ahuecar nabos y encender carbones en su interior para lograr que la llama ardiera durante toda la noche y así evitar que los espíritus vinieran a sus casas a molestarlos.

Esta costumbre se deriva de una leyenda preciosa que, a pesar de la repercusión que ha tenido a lo largo de los años y de haber llegado hasta nuestros días, no es demasiado conocida. He leído que es de origen celta, de Escocia e Irlanda, pero imagino que la original no sería así, ya que ésta es más una leyenda cristiana que pagana. Os la voy a contar, espero que os guste.

Cuenta la leyenda que de  entre todos los espíritus que regresaban al mundo de los vivos en esta noche, había uno especialmente molesto: Jack el de la linterna.

Jack se dedicaba (y se dedica, teniendo en cuenta que su historia ha dado lugar a la fiesta tal como ahora se conoce en gran parte del mundo) a llamar a todas las puerta de las ciudades y aldeas gritando “truco o trato”. Portaba como única luz un nabo hueco con un carbón candente en su interior y la gente le temía pues era bien conocido lo cruel que había sido en vida. Lo más adecuado si Jack llamaba a tu puerta era hacer trato, costase lo que costase, pues de no hacerlo, él maldeciría la casa y a sus habitantes.

Para evitar que Jack llamara a las puertas, debían ahuecarse nabos y tallar terroríficas caras en ellos y después encender candelas en su interior. Con el tiempo éstos fueron sustituidos por calabazas ya que eran más fáciles de ahuecar y tallar.

Pero Jack, antes de convertirse en tan temido espíritu, fue un hombre vivo temido. En vida, Jack era llamado Jack “el tacaño”. Se trataba de un granjero que engañaba y mentía a sus vecinos. Todos lo odiaban por su maldad, por la cual se granjeó muchos enemigos. Era tan perverso e inteligente que la gente solía decir que podría rivalizar con el mismísimo diablo.

Un día este rumor llegó al orgulloso diablo y éste decidió comprobar por sí mismo si dicha fama era merecida. Satanás se disfrazó de hombre y acudió al pueblo de Jack. Lo encontró en una taberna  y estuvo bebiendo con él largas horas. En este tiempo pudo el diablo darse cuenta de que ciertamente Jack era un hombre pérfido y cruel y que merecía ir al infierno. Así pues, el diablo reveló su verdadera identidad al hombre y le dijo que venía para llevarlo con él por todas las maldades que había cometido con sus vecinos. Jack puso su agudo cerebro en funcionamiento y con aire compungido le pidió al diablo una última voluntad.

-¿Podría tomar una ronda más antes de que me lleves contigo?

El diablo no vio problema en concederle este último deseo así que pidió una última copa.

Cuando llegó la hora de pagar ninguno de los dos tenía dinero. Jack retó a su acompañante, que tanto presumía de poderoso, a convertirse en moneda y así salir del apuro. Lucifer, orgulloso donde los haya, lo hizo sin ningún problema, pavoneándose con el mortal. Una vez conseguido el dinero, Jack, en lugar de pagar la cuenta, lo guardó en su bolsillo donde siempre llevaba un crucifijo de plata. De este modo consiguió apresar al mismísimo diablo que se vio incapaz de hacer frente a su encarcelamiento con ninguno de sus poderes y artimañas.

Después de intentarlo todo, el diablo le preguntó a Jack qué quería a cambio de su liberación. Jack le pidió que regresara al infierno y que prometiera no volver a molestarlo en diez años.

Pero el tiempo pasó demasiado pronto y el diablo, enfurecido, regresó a por Jack diez años después. Éste se mostró sumiso y temeroso y Lucifer se sintió enormemente complacido. De esta manera, suavizado el diablo, Jack volvió a pedir un último deseo. Satanás, seguro de no caer esta vez en su trampa, decidió concedérselo.

-¿Podría tomar mi última comida? Mira aquellas manzanas en el árbol… están tan altas… pero parecen tan apetitosas… Seguro que tú, tan poderoso como eres podrías obtener una para mí.

Al diablo le gustó esa referencia a su poder y le concedió su deseo. Ascendió a la copa del árbol y cuando estaba allí, Jack talló a toda prisa una cruz en su tronco. De esta forma, el diablo volvió a quedar atrapado sin la más mínima oportunidad de escapar al agudo ingenio de Jack.

Esta vez el hombre no se conformó con unos años de paz y sólo accedió a liberar al diablo a cambio de obtener la promesa de que no lo molestaría ni reclamaría su alma nunca más. El diablo no tuvo más remedio que acceder.

Pero Jack, a pesar de haber engañado al demonio, no fue capaz de escapar a la muerte y ésta vino a llevárselo no demasiado tiempo después de su último encuentro con Satanás.

Jack se dirigió al cielo, pero al llegar a las puertas, San Pedro le negó la entrada a causa de sus malas accionas en vida. Así pues fue enviado al infierno. Pero, el diablo no lo podía acoger en sus dominios puesto que lo había prometido, además no lo quería allí  debido al trato que había recibido de ese mortal. Ahora le tocó al diablo reír y lo expulsó del infierno condenándolo a vagar por toda la eternidad sin ningún rumbo.

-¿Dónde puedo ir entonces? –gimió Jack desesperado.

-¡Vuelve por donde viniste, me trae sin cuidado! –contestó el diablo entre risas.

Pero el camino de regreso era oscuro y la niebla no le dejaba ver. El diablo le lanzó a Jack un carbón encendido del mismísimo infierno como única luz que iluminara su caminar y éste lo colocó en un nabo hueco para evitar que se apagase.

Así fue como Jack el tacaño se convirtió en “Jack el de la Linterna”, es decir: Jack of the Lantern, abreviado con el tiempo en Jack O’Lantern. Y así es como vaga desesperado entre ambos mundos; y así es como en la noche de Samhain, cuando los muros que separan el mundo de los vivos y el de los muertos es más débil, Jack golpea las puertas de aquellos que no tienen lucernas encendidas y les grita: “Truco o trato”.

ESTEFANÍA JIMÉNEZ

ENTRADAS RELACIONADAS:

HALLOWEEN, SUS ORÍGENES

SANTO ROSTRO

Las vera icon (en latín verdaderas imágenes) son las reliquias que se consideran verdaderas imágenes de Cristo, como el paño de la Verónica o Santa Faz, el Mandylion de Edesa, la Sábana Santa de Turín o el Santo Sudario de Oviedo.

Según la tradición católica, durante la Pasiónde Cristo, una mujer se quitó su velo para secar con él la cara del Mesías. La imagen de la cara de Jesucristo quedó impresa en el pañuelo de lino y éste se conservó a través de los siglos, convirtiéndose en un objeto de culto para los creyentes.

Este episodio no se encuentra en los Evangelios canónicos, la cita más antigua que de él existe data del siglo V, en el Evangelio apócrifo de Nicodemo.

La mujer, Santa Marcela, más tarde sería llamada Verónica (nombre derivado del término latino del que hablábamos al principio:”la verdadera imagen”). El sudario que empleó para secar el rostro de Cristo estaba doblado, por lo que quedaron estampados tres rostros en sus dobleces. Uno de ellos, según la tradición, es el que está guardado bajo siete llaves en la Catedral de Jaén (es cierto que son muchas las puertas que hay que abrir para acceder desde la calle hasta la reliquia, pero no sé si realmente serán siete, la verdad). El Santo Rostro, es una de las imágenes a la que los jienenses profesan mayor devoción.

No se sabe con certeza cuándo llega esta reliquia a Jaén, sin embargo sobre su origen existen varias versiones y leyendas.

Una de ellas asegura que fue San Eufrasio, uno de los varones apostólicos y primer evangelizador de las tierras de Jaén, el que la trajo hasta nuestra tierra. Pero no existen pruebas documentales que apoyen esta teoría salvo la tradición oral.

Otra versión de la presencia del Santo Rostro en Jaén se remonta al s. XIV. Don Nicolás de Biedma ocupó la sede de Jaén en dos períodos: 1368-1378 y 1381-1383. Se dice que pudo haber sido él quien trajese a Jaén la Verónica, como es llamada la reliquia en los documentos de la época. Don Nicolás de Biedma habría obtenido la reliquia del Papa Gregorio XI (1370-1378), en el año 1376, como agradecimiento por el encargo que se le hizo para que visitara y reformara numerosas casas religiosas de los obispados de Sevilla, Córdoba, Badajoz, Plasencia, Cádiz, Coria y Jaén.

Ésta podría ser la explicación más razonable, aunque, como apasionada de las leyendas, me quedo con la que nos cuenta el jiennense Rafael Cámara Expósito, presidente de la asociación cultural IUVENTA (www.iuventa.org).

Cuenta dicha leyenda que, estando cenando el obispo Don Nicolás de Biedma en Jaén, escuchó unos ruidos procedentes de  una redoma. Centró su atención en ellos y descubrió que se trataba de unos diablillos que en ella había encerrados. Éstos se reían y burlaban de la suerte del Papa, ya que éste era un gran pecador y en el infierno estaban esperando ansiosos su muerte para celebrar una fiesta, pues el pontífice se uniría a ellos en el abismo.

El obispo quedó estupefacto y temió por el terrible destino que esperaba al papa si no hacía nada por enmendar sus pecados. Decidió que debía ayudarlo y tratar de hacerle llegar un aviso, sin embargo Roma estaba demasiado lejos como para conseguir que su alerta llegara a tiempo.

Entonces a Don Nicolás se le ocurrió la genial idea de pedir ayuda a los propios diablillos que eran fanfarrones y descuidados. Así fue cómo de dirigió a las criaturas y les pidió que le llevaran a Roma volando sobre sus espaldas. Uno de los diablillos le dijo que él sería capaz de llevarlo si a cambio el obispo, del que todos conocían su glotonería, le daba las sobras de su cena durante el resto de su vida. Don Nicolás accedió gustoso y así fue como el propio diablillo lo llevó junto al papa.

El pontífice escuchó anonadado la historia del obispo de Jaén, y arrepentido recapacitó por todos sus pecados y pidió perdón a Dios por ellos. De este modo, el papa consiguió salvar su alma.

En agradecimiento por ello, el papa entregó a Don Nicolás la reliquia del Santo Rostro.

Desde aquel entonces, el obispo jamás volvió a cenar otra cosa que no fuera un cuenco de nueces, por lo que la parte que correspondía al diablillo sólo eran las cáscaras.

¡Preciosa historia! Por cierto, debo decir que he encontrado la leyenda referida tanto a don Nicolás como a San Eufrasio, sin embargo, la leyenda referente a San Eufrasio, nos cuenta que el pecado del papa era que estaba enamorado de una mujer y por eso su alma estaba condenada (las mujeres siempre… en fin). En esta leyenda el pontífice le entregó al santo dos pliegues del sudario de la Santa Faz, pero cuando éste volaba a lomos del diablillo de regreso a Jaén, uno de ellos se le escapó de las manos y se perdió en el mar.

Pero, leyendas a parte y volviendo a lo que en realidad pudo haber sido, lo cierto es que existen hechos contradictorios con respecto a la posibilidad de que el Santo Rostro estuviera en poder de Don Nicolás, ya que cuando éste hace testamento, declara heredera universal de sus bienes a la catedral de Jaén, sin embargo en el testamento no hace referencia alguna a la reliquia.

Aunque sí que hay constancia de que la Verónica se guardaba en el sagrario de la iglesia mayor por entonces, y sólo era mostrada a los fieles en dos ocasiones: el Viernes Santo y el día de la Asunción y con ella se bendecían los campos de Jaén desde los balcones de la catedral.

Según una tercera versión de la historia, San Eufrasio fue el que la trajo, después, con motivo de la invasión musulmana, la reliquia fue escondida. Cuando Fernando III el Santo conquista Jaén en 1246, reaparece la reliquia, que San Fernando se lleva como protectora de su ejército a la conquista de Sevilla, donde permaneció hasta que el obispo don Nicolás de Biedma, al visitar la diócesis sevillana, la recupera y la devuelve a la Catedralde Jaén.

Las fechas en las que la reliquia era mostrada a los fieles en la catedral, eran motivo de numerosas afluencias de peregrinos que acudían al Santo Reino para poder besarla.

Para evitar los inconvenientes derivados de tal congregación de personas, el obispo Don Rodrigo Marín Rubio costeó de su propio peculio, en 1731, un precioso relicario, realizado por el afamado orfebre cordobés Francisco José Valderrama, que fue completado por el lazo que la Duquesade Montemar donó en 1823.

Durantela Guerra Civil, las autoridades del bando republicano, utilizaron la Catedral jiennense como prisión. Pero antes de darle ese uso, hizo un expolio de obras de un gran valor artístico. Entre algunas piezas saqueadas, sobresalen la preciosa Custodia, la cual fue robada y fundida; la Cruzde jaspe, etc. La reliquia del Santo Rostro no fue ajena al expolio. Por suerte, una vez acabada la guerra, apareció en un garaje en las afueras de París. El Gobierno, tras largas negociaciones, logró recuperarla. La recuperación del Santo Rostro está fechada en febrero de 1940. Por desgracia el lazo de la Duquesa de Montemar desapareció y tuvo que ser sustituido por otro.

No podemos terminar la entrada sin reconocer que son varias las iglesias que dicen poseer el verdadero Santo Rostro, y, si nos dejamos guiar por la leyenda de la Verónica, esto sería posible, ya que como hemos dicho, el rostro de Cristo se imprimió en cada uno de los dobleces del sudario que ella le ofreció. 

Las iglesias que dicen poseer tal reliquia son: la Basílicade San Pedro en Roma (cómo no), nuestra catedral dela Asunción de la Virgen en Jaén,la Basílica del Sacré Coeur en París, el Monasterio de la Santa Faz en Alicante, yla Ermita del Santo Rostro Honrubia en Cuenca.

Pero, ya que se dice que la catedral de Jaén, una de las más grandiosas y bonitas de España, fue concebida para albergar al Santo Rostro, que queréis que os diga, como jiennense que soy, pienso que, si alguna hay verdadera, esa es sin duda la nuestra.

ESTEFANÍA JIMÉNEZ

 FUENTES:

-          WIKIPEDIA

-          Asociación IUVENTA (www.iuventa.org)

-          www.webjaen.es

 ENTRADAS  RELACIONADAS:

 EL CUADRO DE LA MECEDORA (CATEDRAL DE JAÉN)

LEYENDA DE NUESTRO PADRE JESÚS (JAÉN)-EL ABUELO

CATEDRAL DE JAÉN

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 778 seguidores