Categoría: ECOS INMORTALES


Aquí dejo otra entrada sobre los misterios del arte, que he leído. Una curiosidad es que Felipe II, cuando ya estaba tan enfermo que no podía moverse de su cama hasta el punto que en su habitación de El Escorial tenía una ventana que daba directamente a la capilla donde se celebraba la misa todos los días, ordenó que localizaran “El Jardín de las Delicias”  y lo mandó colocar frente a su cama para mirarlo a todas horas. No creo que fuera por su belleza estética precisamente aunque hay que decir que desde el punto de vista artístico es bastante bello.

BELÉN JIMÉNEZ

 

Las obras de El Bosco suelen mostrar diversas escenas sin congruencia entre si, mostrando un gran desdén por las reglas de la naturaleza y la geografía. Los personajes son diablos, lechuzas, monos, peces antropomorfos y animales fantásticos, entremezclados con doncellas desnudas, obispos, músicos, mendigos, monjas, lisiados, niños, ancianos y figuras que comparten lo humano con lo zoológico e incluso lo vegetal. Las escenas muestran motivos satíricos de erotismo y violencia junto a alusiones a los pecados capitales, las ignominias y las miserias del mundo terrenal.

Los cuadros de El Bosco ocultan un intencionado mensaje para iniciados. Su temática es una denuncia burlesca de los abusos dela Iglesia y la aristocracia, la tosquedad de la plebe, los vicios de todos y en general la decadencia de los valores espirituales y éticos. Pero hay una segunda interpretación que alude a conceptos esotéricos más transcendentes.

El Bosco pintó al óleo el tríptico de “El Jardín de las Delicias” iniciado en el s XVI, posiblemente en el 1504, el panel del centro es una pintura de 220×125 cm, los laterales son de igual altura pero de 97 cm de ancho. El panel de la izquierda representa el Cielo y el de la derecha el Infierno.

El cuadro central despliega una serie de escenas excéntricas protagonizadas por personajes desnudos y, aunque rozan lo obsceno, no demuestran sensualidad sino una intencionada axesualidad, como si el artista quisiera desnudar la miseria física y espiritual de los pecados carnales.

El cuadro presenta tres sectores horizontales separados entre si por arbustos. En el tercio inferior, las figuras aparecen más cercanas al espectador y se dedican juegos eróticos diversos, incluyendo la zoofilia, el cunnilingus o la sevicia entre peces muertos y objetos estrambóticos de oscuro simbolismo.

Más arriba se ve la orilla de un lago sobre el que surgen varios pájaros enormes, sigue una serie de escenas de carácter onírico, en las que nuevos personajes desnudos continúan los actos impúdicos.

La parte central es un prado de hierba con un estanque en el medio donde se bañan varias jóvenes desnudas, a su alrededor gira una cabalgata de jinetes desnudos que montan toda suerte de cuadrúpedos. A cada lado nuevas escenas en las que grupos de nudistas interactúan con seres u objetos fantásticos.

En el tercio superior aparecen cinco grandes moles que podrían ser fortalezas o castillos hechos por un arquitecto enloquecido. De la base de las dos construcciones centrales brotan dos arroyos que desembocan en un río sobre el que flota una especie de esfera gigante metálica decorada con una columna. En estas formas hay seres diminutos y desnudos.

Los estudiantes han encontrado más de 50 temas principales en “El Jardín de las Delicias” además de los personajes sueltos que hay.

El cuadro es un gran fresco del mundo que, siendo fantástico, es  no obstante terreno. La idea de que el creador no fue Dios sino Satanás fue la base de la cosmogonía de ciertas corrientes gnósticas, especialmente del catarismo medieval

Los cátaros habían sido proscritos en 1207 y eliminados poco después mediante una cruel cruzada de exterminio. No obstante, su culto permaneció de forma subterránea en otras regiones, como en la Lombardía, el Véneto y los Balcanes. Se cree que El Bosco era una suerte de cátaro oculto 300 años después, a comienzos del s. XVI. Intentaremos dedicar una entrada de Ecos a los Cátaros.

Los cuadros de El Bosco son alegorías del mundo que nos rodea, un mundo pervertido que sólo puede ser una invención satánica.

“El Jardín de las Delicias” es la prueba de que El Bosco seguía las corrientes del catarismo. Esta interpretación comienza por los laterales del tríptico: en el panel de la izquierda se presenta un Paraíso sospechoso, donde el Jesús que sostiene la mano de Eva puede ser tanto el salvador que la redime de su pecado como el Demonio disfrazado que la impulsa a cometerlo. En la fuente se esconde una lechuza, ave asociada a lo satánico tanto en la brujería medieval como en el arte flamenco.

Tampoco el infierno representado en la derecha es un infierno cristiano, se trata en realidad dela Tierra después de la desaparición del catarismo.

La presencia de una serie de claves y mensajes gnósticos es evidente en su obra, no sólo en “El Jardín de las Delicias” sino también en otras obras como “El Carro de Heno”, un tríptico cuyo panel central presenta un inmenso carro sobrecargado de heno y tirado por seres monstruosos. Sobre el heno se desarrolla una escena aparentemente idílica, en la que un albo tañedor de laúd sigue la partitura que sostiene en sus manos una mujer de actitud serena. Un tercer personaje asoma entre ellos para guiar con el dedo la lectura, y el trío está flanqueado por un ángel en éxtasis y un demonio que toca la cornamusa, símbolo fálico en la imaginería medieval. Detrás se ve un gran arbusto entre cuyo follaje asoma una pareja abrazándose y más atrás un hombre que los espía, sobre una rama una lechuza.

Detrás del cargamento de heno hay un cortejo encabezado por el Papa, el Emperador y el rey con un variado cortejo, como si los poderosos siguieran el destino del carro arrastrado por los monstruos hacía el infierno. Por debajo, grupos de mujeres, hombres y frailes luchan para coger el heno con distintas herramientas, incluso puede verse a un hombre degollando a otro en el suelo. En la parte inferior se ve a un buhonero con dos niñas posiblemente secuestradas, una escena con mujeres y tres niños, un sacamuelas con todos sus artilugios hurgando en la boca de una mujer y tres monjas cargadas con sacos de heno robado junto con un fraile gordo que bebe vino, una de las monjas está robando el saco de heno a un extraño personaje vestido de verde que toca la gaita. Sobre todo el conjunto y como bendiciendo la escena, Jesús con el taparrabos de la crucifixión y el manto rojo de redentor. El Bosco pinta así a un Jesús pequeño y distante, de gesto inseguro, cara infantil y sexo indefinible.

Os animo a que busquéis alguno foto ampliada de estos cuadros y los analicéis vosotros mismos, mucho mejor si tenéis la posibilidad de ir a verlos en persona al museo del Prado.

En cualquier caso aquí os dejo unos enlaces a unas imágenes que yo he encontrado; además, la del Jardin de las Delicias va acompañada de una entrada preciosa.

http://bibliosenda.blogspot.com/2011/05/alberti-pinta-con-palabras-el-jardin-de.html

http://www.turismoyarte.com/regiones/madrid/escorial/pinturas3.htm

 

FUENTES:

“El museo secreto” ; Ernesto Frers

 

SANDRO BOTTICELLI- “ALEGORÍA DE LA PRIMAVERA” 1477, GALLERÍA DEGLI UFIZZI, FLORENCIA.

Como apasionada del arte que soy, cuando miro una obra de arte me gusta ir más allá de la simple técnica (que también me interesa mucho por ser aficionada al dibujo y la pintura), pero cuando estudiamos arte no nos dicen los verdaderos pensamientos de los artistas a la hora de hacer sus obras. Me encanta leer acerca de lo que esos artistas querían decir, de una manera velada, en sus obras maestras. Me ha parecido interesante compartir esto que he encontrado con vosotros, para que a las personas que la historia del arte les resulte aburrida, puedan así ver de otra manera lo que personas con unos conocimientos tan grandes (teniendo en cuenta las épocas) quisieron dejarnos  a los que veníamos después. Os dejo los datos del libro de Ernesto Fers que he utilizado como fuente y que está repleto de datos interesantísimos como los que a continuación os expongo. Espero que os guste.

 BELÉN JIMÉNEZ

 

Según Ernesto Fers, autor de “Claves secretas del arte”, Botticelli, gran artista del Quattrocento italiano estaba ligado al paganismo y al ocultismo renacentista. Como otros muchos pintores de esta etapa dela Historiadel Arte, Botticelli introduce en sus obras varias claves iniciáticas, una de estas obras esla Primaverao mejor dicho “La alegoría de la primavera” que es su nombre completo. En este cuadro, los personajes componen una escena cargada de alusiones herméticas.

 La Alegoríadela Primavera, es una obra pintada en tela al óleo y al temple de 203 x 314 cm. tamaño que no es normal en pinturas profanas. Sobre un fondo con un bosque floral, aparecen ocho figuras. Los personajes está tomados de la mitología clásica y la escena debe leerse de izquierda a derecha como en el hebreo.

Empezando por la izquierda vemos al dios eólico Céfiro que introduce en la escena a una joven impulsándola con su soplo, esta joven es Cloris que encabeza la serie de figuras femeninas, la sigue Flora, la primavera que aparece de cara al espectador lo que nos hace suponer que se introduce en el mundo material. En el centro aparece Venus, la diosa del amor, sobre la escena aparece volando Cupido, tensando su arco con los ojos vendados. A la derecha de la escena danzan Tres Gracias semidesnudas, que entrelazan sus manos. Cierra el cuadro un joven a la izquierda que representa a Mercurio, el mensajero de los dioses romanos.

Como he dicho antes, Sandro Botticelli no era sólo un pintor más del Renacimiento sino un hombre iniciado en el paganismo mistérico muy común en los círculos intelectuales y artísticos de la época. Según una interpretación esotérica, todo el cuadro expresa una descripción hermética del recorrido del ser espiritual en la realidad material del “mundo manifiesto” (palabras textuales del autor). En este cuadro Céfiro representa la fuerza del viento del mundo subterráneo, que sólo aparece para impulsar a Cloris. Cloris, su nombre significa claridad o luz y simboliza la pureza, el alma inocente y pura que debe afrontar el proceso karmático. La ninfa vuelve el rostro hacia Céfiro como negándose a ser introducida en este mundo. El pintor la capta en el momento de convertirse en Flora simbolizada con su traje florido. Botticelli sugiere la transfiguración en un detalle de las dos figuras, si os fijais, el pie izquierdo de ambas está en la misma posición y a igual altura en el plano del cuadro, pero mientras Cloris se apoya en ese pie para levantar la otra pierna, el de Flora se adelanta apoyándose en el suelo de manera que ésta completa el paso iniciado por Cloris y dan, entre las dos un mismo paso iniciático.

No es frecuente encontrar pinturas de temas mitológicos donde Venus aparezca vestida, aquí Botticelli ha querido representarla Venus Pandemos, terrenal y vestida en lugar de ala Venus Urania, celestial y desnuda. Esta es la visión que tenía Platón de la diosa ya que la concebía como una dualidad cósmica. Botticelli toma estas ideas respondiendo a su afiliación al neoplatonismo florentino. Como es un recorrido por el mundo material es lógico que la represente así. Venus dirige todo su cuerpo y levanta una mano hacia otro grupo femenino, el de las Tres Gracias, éstas danzan medio desnudas con las manos entrelazadas formando un círculo. La de la izquierda, Voluptas (la voluptuosidad) alza el brazo izquierdo para coger en lo alto la mano derecha de Pulcritudo (la belleza), formando una especie de gesto protector sobre la cabeza de Castitas (la castidad). Voluptas avanza como si se ofreciese a Castitas y esta retrocede en actitud de recibir, en tanto que Pulcritudo se empina en un gesto de devolución.

Las manos entrelazadas de estas tres ninfas forman el círculo esencial órfico de emanatio, raptio et remeatio (que podría traducirse como dar, aceptar y devolver) que es a la vez el círculo iniciático y la rueda de la vida. Cástitas dirige su mirada hacia Mercurio.

En realidad, Botticelli no representa al Mercurio romano sino a su antecesor griego Hermes Trimegisto (el tres veces grande), dios de la sabiduría y considerado el generador del conocimiento oculto que por él tomó el adjetivo de hermético. Hermes es la versión griega de Thot, el dios egipcio que dominaba la taumaturgia y el poder secreto de la palabra.El culto a Hermes se recuperó en el medievo como protector de la magia, la alquimia, la astrología y la cábala.

En el cuadro Hermes eleva con su mano derecha el caduceo (rama de olivo) enviando la energía de la vida a un plano superior representado por los frutos dorados (vuelve el tema de los frutos de oro como en las tres morillas, Hércules en el jardín de las Hespérides, etc…)

Por lo tanto el significado oculto dela Alegoríadela Primaveraes el ciclo vital e iniciático.

En cuanto a Cupido, que en realidad es el Eros griego que sobrevuela la escena con los ojos vendados, su significado órfico lo instituye como dios primordial del Amor, pero se trata del Amor Divino que crea el universo y da la vida y lo representa con una venda en los ojos como el amor ciego e inocente.

Es posible que Botticelli haya sido más que un iniciado en los misterios órficos, y ascendiera a planos superiores de la comunidad de sabios mistéricos. En los controvertidos Documents Prieruré de la Bibliotecade París, el autor de “La primavera” figura como gran maestre del Priorato de Sión desde 1483 hasta su muerte en 1510.

FUENTES:

- “CLAVES SECRETAS DEL ARTE”, ERNESTO FRERS. EL MUSEO SECRETO.

 

Hoy quiero dedicarle la entrada a este gran escritor que ya me inspiraba cuando era una adolescente llena de “pajaritos”.

Este cuento en concreto me gusta mucho. Tal vez este tipo de relatos no inspiren terror en nuestros días, sin embargo no podréis negarme que siempre causarán inquietud.

A todo ello le sumo esa increíble forma de expresarse tan romántica y que tanto me gustaría conseguir a mí.

Definitivamente, para mí, nadie llega tan hondo como los escritores de esta época.

Aunque, francamente, teniendo en cuenta cOmo acabó este hombre o Edgar Alan Poe, otro de los grandes, casi se piensa una lo de desear su talento…

Para aquellos que lo desconozcan, Guy de Maupassant sufría episodios nerviosos, pánicos, desdoblamiento de personalidad, manía persecutoria, alucinaciones… tal vez de carácter hereditario ya que su hermano también murió loco a los treinta y tres años ( mi edad, espero no llegar a esos extremos, :D ). Además padecía fuertes jaquecas, problemas de visión y sífilis. Intentó suicidarse en varias ocasiones y murió recluido en una clínica psiquiátrica.

ESTEFANÍA JIMÉNEZ

 

¿LOCO? 

¿Estoy loco? ¿O simplemente celoso? No lo sé, pero he sufrido de un modo horrible. He realizado un acto de locura, de locura furiosa, es cierto; pero los celos anhelantes, el amor exaltado, traicionado y condenado, el dolor abominable que soporto, ¿no basta todo eso para hacernos cometer crímenes y locuras sin ser realmente criminales de corazón o de cerebro?
¡Cuánto he sufrido, sufrido y sufrido de forma continuada, aguda y espantosa! Quise a esa mujer con un arrebato frenético… Y, sin embargo, ¿es cierto? ¿La quise? No, no, no. Ella me poseyó en alma y cuerpo, me invadió, me encadenó. Fui y sigo siendo su cosa, su juguete. Pertenezco a su sonrisa, a su boca, a su mirada, a las líneas de su cuerpo, a la forma de su rostro: jadeo dominado por su apariencia externa; pero a Ella, a la mujer de todo esto, al ser de ese cuerpo, la odio, la desprecio, la execro, siempre la he odiado, despreciado y execrado; porque es pérfida, bestial, inmunda, impura: es la mujer de perdición, el animal sensual y falso que carece de alma, en quien el pensamiento jamás circula como un aire libre y vivificador; es la bestia humana; menos que eso, no es más que un flanco, una maravilla de carne suave y redonda que habita la Infamia.
Los comienzos de nuestra relación fueron extraños y deliciosos. Entre sus brazos siempre abiertos, yo me agotaba en una furia de insaciable deseo. Como si me diesen sed, sus ojos me hacían abrir la boca. Eran grises al mediodía, se teñían de verde a la caída de la luz, y eran azules con el sol levante. No estoy loco: juro que tenían esos tres colores.
En los momentos del amor eran azules, como fatigados , con pupilas enormes y nerviosas. Sus labios, agitados por un temblor, dejaban asomar a veces la punta rosa y mojada de su lengua, que palpitaba como la de un reptil; y sus pesados párpados se alzaban lentamente, descubriendo aquella mirada ardiente y anonadada que me enloquecía.
Al estrecharla entre mis brazos, miraba sus ojos y me estremecía, sacudido tanto por la necesidad de matar aquella bestia como por la necesidad de poseerla sin cesar.
Cuando ella cruzaba mi habitación, el rumor de cada uno de sus pasos producía una conmoción en mi alma; y cuando empezaba a desnudarse y dejaba caer su vestido, al salir, infame y radiante, de las prendas interiores que se amontonaban a su alrededor, sentía a lo largo de mis miembros, a lo largo de los brazos, a lo largo de las piernas y en mi pecho jadeante, un desfallecimiento infinito y cobarde.
Un día me di cuenta de que estaba harta de mi. Lo vi en sus ojos al despertar. Inclinado sobre ella, esperaba todas las mañanas esa primera mirada. La esperaba lleno de rabia, de odio, de desprecio hacia aquella bestia dormida cuyo esclavo era. Pero cuando el azul pálido de su pupila, aquel azul líquido como el agua quedaba al descubierto, todavía lánguido, todavía fatigado, todavía enfermo por las caricias recientes, era como una llama rápida que me quemase, exasperando mis ardores. Cuando ese día su párpado se abrió, vi una mirada indiferente y sombría que ya no deseaba nada.
¡Oh! Lo vi, lo supe, lo sentí, lo comprendí inmediatamente. Todo estaba acabado, acabado para siempre. Y tuve la prueba a cada hora, a cada segundo.
Cuando la llamaba con mis brazos y mis labios, ella se volvía hacia otro lado, molesta y murmurando: “¡Déjame!”, o bien: “¡Qué odioso eres!”, o bien: “¿No podré estar tranquila?”
Entonces me sentí celoso, pero celoso como un perro, y taimado, desconfiado, simulador. Sabía que ella no tardaría en volver a empezar, que llegaría otro para reavivar sus sentidos.
Fui celoso con frenesí; pero no estoy loco; no, desde luego que no.
Esperé. Sí, la espiaba; ella no me habría engañado, pero continuaba fría, adormecida. A veces decía: “¡Me asquean los hombres!” Y era cierto.
Entonces tuve celos de ella misma; celos de su indiferencia, celos de la soledad de sus noches, celos de sus gestos, de su pensamiento, que yo siempre sentía infame; celos de todo lo que yo adivinaba. Y cuando algunas veces, al despertar, tenía aquella mirada blanda que seguía en tiempos pasados a nuestras noches ardientes, como si alguna lascivia acosase su alma y removiese sus deseos, yo sentía sofocos de cólera, temblores de indignación, la comezón de estrangularla, de poner mi rodilla sobre su cuerpo y hacerla confesar, mientras le apretaba la garganta, todos los secretos vergonzosos de su corazón.
¿Estoy loco? —No.
Pero una noche la sentí feliz. Sentí que en ella vibraba una pasión nueva. Estaba seguro, seguro sin duda posible. Palpitaba igual que después de mis abrazos: sus ojos llameaban, sus manos estaban calientes, toda su persona vibrante desprendía aquel vapor de amor que había hecho nacer mi locura.
Simulé no darme cuenta de nada, pero mi vigilancia la envolvía como una red.
Sin embargo, nada descubrí.
Esperé una semana, un mes, una estación. Ella florecía en el brote de un ardor incomprensible; se aplacaba en la dicha de una caricia imperceptible.
Y, de repente,  ¡lo adiviné! No estoy loco. Juro que no estoy loco.
¿Cómo decirlo? ¿Cómo darlo a entender? ¿Cómo expresar esa cosa abominable e incomprensible?
Me enteré de la manera siguiente:
Una tarde, ya lo he dicho, una tarde, cuando volvía de un largo paseo a caballo, se derrumbó frente a mí con los pómulos encendidos, el pecho palpitante, las piernas flojas y los ojos amoratados, en una silla baja. ¡Yo ya la había visto así! ¡Amaba a alguien! No podía equivocarme.
Entonces, perdiendo la cabeza, para no seguir mirándola me volví hacia la ventana, y vi a un lacayo que llevaba de la brida hacia la cuadra su gran caballo que se encabritaba.
También ella seguía con la vista el animal enardecido que daba saltos. Luego, cuando desapareció de nuestra vista, ella se durmió de pronto. Estuve pensando toda la noche; y me pareció que descifraba misterios que nunca había sospechado.
¿Quién sondeará nunca las perversiones de la sensualidad de las mujeres? ¿Quién comprenderá sus inverosímiles caprichos y la satisfacción extraña de las más extrañas fantasías?
Todas las mañanas, nada más apuntar la aurora, ella salía al galope por las llanuras y los bosques; y siempre volvía con las fuerzas agotadas, como tras los frenesíes del amor.
¡Yo había comprendido! Ahora estaba celoso del caballo nervioso y galopante; celoso del viento que acariciaba su rostro cuando ella daba una carrera enloquecida; celoso de las hojas que, al pasar, besaban sus orejas; de las gotas de sol que caían sobre su frente a través de las ramas; celoso de la silla que la llevaba y que ella apretaba entre sus muslos.
Era todo aquello lo que la hacía feliz, lo que la exaltaba, lo que la saciaba, la agotaba y me la devolvía luego insensible y casi desfallecida.
Decidí vengarme. Fui cariñoso y atento con ella. Le ofrecía mi mano cuando iba a desmontar tras sus desenfrenadas carreras. El animal furioso se lanzaba contra mí; ella le acariciaba su cuello curvo, lo besaba en las ventanas nasales temblorosas sin limpiarse luego los labios; y el perfume de su cuerpo sudoroso, como después de la tibieza del lecho, se mezclaba a mi olfato con el aroma acre y salvaje del animal.
Esperé mi día y mi hora. Ella pasaba todas las mañanas por el mismo sendero, por un bosquecillo de abedules que se adentraba hacia la selva.
Salí antes de amanecer, con una cuerda en la mano y mis pistolas escondidas sobre el pecho, como si fuera a batirme en duelo.
Corrí hacia el camino que tanto le gustaba; tendí la cuerda entre dos árboles; luego me escondí entre las altas hierbas.
Había puesto la oreja pegada contra el suelo; oí su galope lejano; luego lo percibí más cerca, bajo las hojas, como al final de una bóveda, llegando al galope. ¡Ay, no me había equivocado, era aquello! Parecía transportada de alegría, con las mejillas encendidas y locura en la mirada; y el movimiento precipitado de la carrera hacía vibrar sus nervios con un goce solitario y furioso.
El animal tropezó con las dos patas delanteras en mi trampa, y rodó por el suelo con los huesos rotos. A ella la recogí en mis brazos. Soy tan fuerte que puedo cargar con un buey. Luego, cuando la deposité en tierra, me acerqué a Él, que nos miraba; entonces, cuando todavía trataba de morderme, le puse una pistola en la oreja… y lo maté… como a un hombre.
Pero también yo caí, con el rostro cruzado por dos golpes de fusta; y cuando ella volvía a lanzarse sobre mí, disparé mi otra bala contra su vientre.
Díganme: ¿estoy loco?

GUY DE MAUPASSANT

Publicado en el periódico “Gil Blas”el 23 Agosto de 1882

Extraído de: “El Horla y otros cuentos fantásticos” Alianza Editorial.

"RETRATO DE JACINTO BENAVENTE"- SOROLLA

Voy a contar una anécdota que he leído recientemente en un libro titulado “Historias de la Historia”, tiene ya unos cuantos años pero me parece bastante curioso, de hecho voy a intentar sacar otras anécdotas de él.

Su autor se llama Carlos Fisas y es, o al menos lo era en la época que se escribió el libro, colaborador en el programa de radio de Luis del Olmo.

La anécdota es la siguiente y cito casi literal:

Se cuenta que un día se encontraron en una acera de Madrid Jacinto Benavente y Jose Mª Carretero, más conocido por el seudónimo “El caballero audaz”,era un corpachón de uno noventa de estatura y buen espadachín, conocido por sus numerosos duelos, que dijo contemplando al gran dramaturgo, pequeño, delgado, barba cuidada y fama de afeminado:

-Yo no cedo el paso a maricones.

-Pues yo sí- dijo Benavente bajando de la acera, cediéndole el paso.

La anécdota es seguramente falsa ya que según el autor del libro, la ha escuchado de otros personajes y con otros descalificativos, pero me ha parecido muy graciosa y propia del ingenio de Don Jacinto Benavente.

Pido perdón por la palabra “maricones”, y que no sirva para que nadie se sienta ofendido sino para que cuando se dé una situación parecida a algunos de nuestros lectores tengan una forma ocurrente de reaccionar.

BELÉN JIMÉNEZ

FUENTE:

“Historias de la Historia” Carlos Fisas

No podía dejar de incluir en esta sección de “Ecos inmortales” otro de mis grandes inmortales.

Romántico, siniestro, inquietante, desolador… sólo un genio como Edgar Allan Poe y sólo un ilustrador como Gustave Doré.

ESTEFANÍA JIMÉNEZ.

 

 

"NEVERMORE" GUSTAVE DORÉ, 1853

 

Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos.  Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir granzando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabolica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!

 

GUSTAVE DORÉ, 1853

 

Os recomiendo que echeis un vistazo a este enlace de Wikipedia donde se hace un análisis muy extenso de este maravilloso poema de Poe:

http://es.wikipedia.org/wiki/El_cuervo_(poema)

Así como también este otro donde podréis admirar todas las ilustraciones que Doré realizó para “El Cuervo”:

http://www.danshort.com/raven/

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