ASESINO


Mucho se ha hablado de mí, pero nadie pudo penetrar en mi mente entonces y ninguno podrá hacerlo ahora.

No podría decir cuándo comenzó todo. Quizás aquel día en el que volvía agotado después de un duro trabajo.

Había trabajado como albañil desde hacía años, ganaba bastante dinero y no me importaba en absoluto las duras condiciones. Ni el frío, ni el calor, ni el dolor de espalda; al llegar a casa mi esposa siempre me esperaba con una sonrisa y yo me sentía satisfecho. Me gustaba mi trabajo y madrugaba gustoso para desempeñarlo. Sin embargo, un día todo pareció detenerse. Había escuchado por la tele todo eso de la crisis, pero jamás llegas a imaginarte que algo así pueda alcanzarte a ti que tienes tantas ganas de trabajar. Pero lo hizo. El trabajo escaseaba y me enviaron al paro. 

Recuerdo aquel día como uno de los más trágicos en mi vida. Busqué trabajo por todas partes y tan sólo logré uno como comercial de cursos a distancia para trabajadores. Pagaban una miseria y tenía que recorrer muchos kilómetros para vender algo. En tiempos de crisis la gente necesita trabajar, no estudiar.

Aquel día, como digo, había sido horrible. Tuve un percance con una clienta descontenta y casi me despiden. Dejé mi coche en el parking, ese coche que a penas podía pagar en esa plaza de aparcamiento que debía abandonar a final de mes.

Era bastante tarde y no había nadie. El chico de seguridad estaba enfrascado en una discusión telefónica y ni siquiera me miró cuando lo saludé con la mano. Me dirigí al ascensor y entonces lo escuché. Unos pasos lentos y acompasados a mi ritmo. Al principio me pareció el eco, pero pronto descubrí que no era así. Aceleré el ritmo sintiéndome un poco inquieto. No quería mirar hacia atrás. Quise  pensar que todo eran paranoias mías, que tal vez sólo era otro usuario del parking que regresaba a su casa. Pero él me seguía a mí. Me detuve con la excusa de sacar un cigarrillo y él se detuvo también. Aquello me dio muy mala espina así que giré en redondo, con la mirada más amenazante que pude encontrar entre el hormigueo de sueño de mis ojos. Tras de mí sólo había sombras y coches oscuros durmiendo entre la humedad. Aspiré hondo y traté de calmarme. Pero no lo logré. Seguí caminando deprisa para alcanzar el ascensor que ya estaba muy cerca y los pasos siguieron sonando tras de mí.

Comencé a correr entonces. No me importa reconocerlo, estaba bastante asustado. Cuando llegué ante la puerta del ascensor golpeé el botón con el corazón acelerado. Sentía la presencia del desconocido cerniéndose sobre mí desde la oscuridad. Di un suspiro de alivio cuando la puerta se abrió al instante y la luz lo iluminó todo. Entré y volví a presionar el interruptor varias veces, impaciente por ver las puertas unirse al fin, aislándome de mis temores.

Ya casi estaban cerradas y suspiré aliviado. Entonces una mano se coló entre ella y casi grité del sobresalto. Ésta empujó hasta lograr abrir las puertas.

-¡Uf, por poco! Buenas noches –un hombre entró en el ascensor que yo había convertido en mi pequeño refugio.

-Buenas noches- gruñí.

¿Sería éste mi perseguidor misterioso? El hombre se situó frente a mí, dándome la cara. Lo observé con disimulo. Era un hombre bastante enjuto, de aspecto gris. Su pelo negro moteado de caspa estaba pegado a la cara de tanta grasa como tenía. Lo llevaba peinado con raya muy bien perfilada a un lado y pensé que le daba un aire estúpido. Le miré a los ojos y me sorprendió el brillo en sus pupilas. Aquellos ojos no parecían brillar con una luz natural, parecían algo perdidos, pero vivaces y atentos, como los de un animal amenazado. Redondos y oscuros me contemplaban con descaro. Tenía un bigote largo y algo retorcido en las puntas. Vestía como un hombre de sesenta años y sin embargo no debía de tener más de treinta. Percibí que tras su aspecto ridículo se escondía un hombre bastante siniestro.

Respiré aliviado cuando la puerta se abrió al fin y salí del ascensor. Corrí hacia la calle mirando hacia atrás en todo momento. Tenía la terrible certeza de que aquel desconocido me seguía. Sólo me sentí a salvo cuando cerré la puerta de mi casa y me adentré en la familiar rutina de mi hogar.

Aquella noche a penas pude pegar ojo. No paraba de pensar en el desconocido del ascensor y, para cuando la mañana me alcanzó, ya estaba bastante seguro de que aquella no era la primera vez que lo había visto.

Cuando al día siguiente acudí al parking mi corazón casi dio un vuelco al verlo allí, hablando con el vigilante. Ambos me saludaron con una sonrisa, pero yo adiviné algo oculto en la mirada del desconocido.

Volví a encontrarlo por la noche, y volvió a subir conmigo en el ascensor. Su mirada me quemaba como fuego pues en ella iba descubriendo ese poder que él cada vez más iba adquiriendo sobre mí. No me dirigió la palabra y sin embargo no fue necesario, con su presencia lo decía todo. Había una amenaza latente en su persona.

A partir de entonces lo encontraba a diario. No importaba cuantas veces yo tratara de variar mi rutina, siempre había una esquina que él torcía, un paso de peatones, una calle… él siempre se cruzaba conmigo.

Confieso que su imagen comenzó a convertirse en una obsesión. El desconocido nunca decía nada, pero sus ojos me atravesaban como lanzas. ¿Qué podía querer de mí aquel extraño? ¿Por qué me perseguía cada día?

Se escuchaban tantas historias en la tele, tantos sucesos en los periódicos… Aquel hombre me asustaba de veras, aunque nunca fui capaz de hablar del tema con nadie, ni siquiera con mi mujer. ¿Para qué darle más preocupaciones de las que ya tenía?

Por las noches no conseguía conciliar el sueño y como consecuencia por las mañanas me sentía de mal humor. Estaba irritable y nervioso y contestaba mal a todo el mundo. Tuve varios enfrentamientos con mi jefa y finalmente ella me puso en tal estado de nervios que estuve a punto de darle un puñetazo. Me despidió, por supuesto.

 No tenía ni idea de qué le iba a decir a mi mujer. Aquel día me emborraché y llegué a casa bastante tarde. Mi hija ya estaba dormida y mi esposa me esperaba en el salón con su horrible bata puesta y cara de pocos amigos. Comenzó a reprocharme mi actitud en susurros y me enfureció hasta tal punto que le grité antes de irme a dormir. A la mañana siguiente, ella presentaba un ojo hinchado y algo amoratado. Me hubiera gustado preguntarle qué le había ocurrido, pero aún estaba disgustado con ella y además tenía una resaca de muerte. Por otro lado, ella se mostró esquiva, casi como si quisiera esconderse de mí y eso no me hacía ninguna gracia. 

Aquel día decidí no coger el coche. Lo dejé en el garaje y me fui dando un paseo hacia ningún sitio en especial. Caminé sin rumbo, tratando de mantener mi mente en blanco, no quería pensar en nada, me dolía mucho la cabeza. Sin embargo, cuando el primer hombre de traje gris se cruzó en mi camino, me puse en guardia involuntariamente.

Me sentía perseguido en todo momento, no podía dejar de pensar en el hombre del parking. Sabía que tarde o temprano aparecería y no me equivoqué. Lo encontré sentado en un banco junto a la fuente del parque. No podía ser una coincidencia, imposible. Puede que viviera en un pueblo, pero no era un pueblo pequeño en absoluto. ¿Era una casualidad encontrarlo a diario? Yo estoy convencido de que no. Pasé por delante de él, sin apartar mis ojos de su rostro, escrutándolo, tratando de encontrar respuestas. Él me devolvió la mirada con descaro, y en aquellos ojos vivaces fui capaz de descubrir de nuevo aquellos destellos crueles y fríos que tanto me habían asustado en el ascensor. Aquel no era un hombre normal, jamás había estado tan seguro de algo. Todo su aspecto era sospechoso. Su mirada estúpida escondía un brillo de inteligencia y crueldad, espejo de su mente. Y aquella mente, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, había puesto sus miras en mí.

Me siguió con los ojos, sin importarle las miradas asesinas que yo le lanzaba. Él lanzó su desafío, escondido tras esa sonrisa suya, tan sólo un psicópata podría sonreír de aquel modo mientras escondía tan oscuros sentimientos. Y existían, de eso estaba seguro. Aquel hombre albergaba oscuros sentimientos, y terribles planes. ¿Qué podría estar maquinando una mente tan perturbada como aquella? ¿Por qué me había elegido a mí?

Me sentí acorralado, atrapado y asfixiado a pesar de estar al aire libre. Avancé a paso rápido y me alejé de él. Entonces él fingió mirar su reloj y se puso en pie. Caminó unos metros tras de mí. De nuevo me seguía. ¿Qué diablos quería?

Sentí que el aire me faltaba y dirigí mi mirada nerviosa a todos los rincones del parque. Estaba casi desierto. Me estremecí y no dudé en salir corriendo. ¿Qué me importaba lo que la gente pudiera pensar de mí?

 No me sentí a salvo hasta que no llegué a la parada de autobús más próxima. Estaba abarrotada y me fundí entre la gente. Pensé en coger aquel autobús y así huir más rápido de mi perseguidor. Entré, perdido entre la masa, sin saber siquiera dónde me dejaría aquel vehículo. Caminé por el pasillo y cuando el autobús arrancó, miré a mi alrededor. Mi corazón casi se detuvo entonces. Allí estaba él, sentado varios asientos más adelante, mirándome.

El tiempo que tardamos en alcanzar la parada más próxima se me hizo eterno. Bajé empujando a todo el mundo entre murmullos y protestas. Vi alejarse el autobús, y a él en la ventanilla, con su periódico en el regazo y su sonrisilla siniestra.

Llegué a casa temprano y no dirigí la palabra a mi esposa. Comí en silencio, mientras en mi mente se agitaban un millón de voces. Sabía que tenía que hacer algo o aquello acabaría volviéndome loco. Aquel desconocido me perseguía por todos lados y yo ya no me sentía a salvo en ningún sitio. Esa situación estaba acabando con mi cordura. No me atrevía a hablar con nadie del asunto porque después de todo no tenía pruebas contra él. Pero para mí era más que obvio que era una amenaza.

Había decidido no salir de casa aquella tarde, y me fastidió muchísimo cuando mi hija me llamó desde la biblioteca para que fuera a recogerla. Había olvidado su paraguas y llovía a mares. ¿Qué era un poco de lluvia cuando mi vida estaba en peligro?

Aún gruñendo, salí a la calle maldiciendo a mi esposa que había decidido salir a comprar justo en ese momento. Recorrí las calles con nerviosismo, mirando a todas partes un millón de veces. Sabía que él andaba cerca y que tarde o temprano me alcanzaría. La calle estaba desierta y la lluvia caía con fuerza, ahogando cualquier otro ruido. Aquello no hizo sino aumentar mi inquietud.

En la biblioteca las niñas se agolpaban en la puerta esperando a sus padres. Había oscurecido mucho y regañé a mi hija por salir en una tarde tan fea. Ella protestó pero yo ya no la escuchaba. De nuevo, allí estaba él, saliendo de la biblioteca, con su traje gris y su pelo grasiento. Lo miré con los ojos desorbitados y él sonrió. Mi hija siguió mi mirada y me dijo:

-¡Qué fastidio, papá! Había tanta gente hoy en la biblioteca que tuvimos que compartir las mesas y ese tío tan raro se sentó junto a mí. No paraba de mover las piernas, me ha puesto de los nervios.

Aquello fue la gota que colmó el vaso. El detonante de todo. En el fondo yo ya me temía algo así. Sabía que aquel tipo estaba loco y que me perseguía por todos lados con algún propósito oscuro. Pero el que acosara a mi pequeña… aquello encendió un fuego oscuro dentro de mí. Jamás había sentido tanta ira…

Dejé a la niña en casa y salí de nuevo a la calle. No había ni un alma y aun así yo sabía que no caminaba solo. Tarde o temprano él aparecería, y por fin pondría fin a todo. En el momento en que lo viera me dirigiría hacia él y le pediría explicaciones. La situación ya había llegado demasiado lejos.

Temblaba como un cachorro y mi corazón trotaba en el pecho. No dejaba de escuchar pasos a mi espalda, pero él no se dejaba ver. Comencé a temer que el muy cobarde me asaltara por la espalda, me cogiera del cuello y acabara con mi vida allí mismo, en mitad de la calle sin ser visto por nadie.

Seguí caminado en dirección al garaje, parecía que aquel lugar le gustaba bastante, además albergaba esperanzas de que si la cosa se ponía fea, el guardia de seguridad podría ayudarme. Las sombras se hacían cada vez más impenetrables, y los sonidos de la noche que se cerraba sobre mí me hacían votar a la más mínima. Estaba solo en la calle, pero sentía su presencia. Era como un olor, un sexto sentido que no lograba comprender.

De repente escuché un suspiro, algo muy leve y apenas audible, pero para mí resonó en la noche como un grito de guerra. Él me acechaba desde atrás, tal como yo había temido, pronto todo acabaría, me asaltaría, me estrangularía o quizás algo peor. Nadie vendría en mi ayuda…

No sé de dónde saqué las fuerzas, algún poder sobrenatural se adueñó de mí, o tal vez tan sólo fue el instinto de supervivencia. Sabía que si no hacía algo pronto aquel sería mi fin. No quería morir, no quería ser la víctima de aquel psicópata asesino.

Giré veloz y ni siquiera me detuve al contemplar los ojos de sorpresa que puso. Él estaba allí, a mi espalda, ¿acaso necesitaba más pruebas de su locura? Corrí hacia él, ignorando su cara de desconcierto y temor. El muy cerdo no esperaba mi reacción, lo cogí totalmente por sorpresa. Salté sobre él con los brazos hacia delante y lo derribé en el suelo. Caí encima de él con las manos apretando su cuello. Sentí como soltaba el aire de golpe debido a la caída y comprendí que si aminoraba mi furia estaba perdido, era matar o morir.

Apreté y apreté mis manos, sintiendo su nuez agitarse bajo las yemas de mis dedos. Emitía unos patéticos ruidos que me causaban dentera, aún lo odié más por ello. Cuando el aire comenzó a serle precioso, se agitó con nerviosismo debajo de mí. Me sorprendí de la fuerza que tenía, tal vez el ver la muerte de cerca le otorgaba aquella fortaleza. Temí que en una de aquellas sacudidas lograra soltarse y entonces todo habría acabado para mí, llevó su mano al bolsillo de su espantosa chaqueta y supe que entonces sacaría su arma. No estaba dispuesto a darle ese gusto. Le alcé la cabeza y, con todas las fuerzas que la desesperación me otorgaba, se la golpeé contra el suelo. Una vez, otra vez, un centenar de veces. Sentía la sangre pegajosa salpicarme en la cara y sentí náuseas, sin embargo no dejé de golpear, ni siquiera cuando él dejó de moverse. Seguí golpeándolo con furia animal hasta que sentí unas fuertes manos aferrarme desde atrás y sujetarme los brazos.

Era matar o morir…

Hace tres años que estoy encerrado. Todos dicen que no es una cárcel, sino un centro psiquiátrico. Para mí no hay diferencia. Creo que incluso esto es peor. Cuando paseo por el patio veo decenas de hombres grises, con sus pelos grasientos y sus estúpidas sonrisas que tantos secretos esconden. Sus ojos me persiguen, como en su día me perseguían los de aquel desconocido.

Dijeron que aquel hombre tenía un pequeño grado de minusvalía psíquica. Hacía poco que había conseguido un trabajo como limpiador en varios garajes y se afanaba en su tarea. Jamás llegaba tarde. En el juicio la acusación lo pintó casi como a un héroe, yo no daba crédito a lo que escuchaba. Al parecer aquella noche regresaba a casa después de cobrar su primer sueldo. Decían que con él había comprado una pequeña medalla de oro a su anciana madre con la que vivía. La llevaba en el bolsillo guardada y con su último aliento se había aferrado a ella. La vieja lloraba desconsolada, ¡como si la muy arpía no supiera qué clase de monstruo era su hijo!

Me defendí diciendo que aquel “santo” quería matarme, que había llegado incluso a acosar a mi hija. Aquello sólo empeoró las cosas.

Mi abogado alegó que yo padecía esquizofrenia. Ni siquiera se cuestionaron la inocencia del muerto… Según ellos yo ya tenía antecedentes de violencia: había golpeado a mi mujer, gritado a mi hija en público y amenazado a mi antigua jefa.

No suelo pensar demasiado en todo aquello. No me hace bien, me pone muy nervioso y acabo gritándole a todo el mundo. Como consecuencia me inyectan unos calmantes muy fuertes que me impiden sentir mis instintos, aquellos que me salvaron aquella noche.

Y no es eso lo que deseo. Necesito todos mis sentidos alerta ahora, pues en este sitio me acosan los hombres de gris. Anoche mismo, cuando estaba sólo en mi habitación, me levanté y me acerqué a la ventana. Allí estaba él de nuevo, o alguien muy parecido a él. Debí gritar entonces, porque los enfermeros vinieron a sujetarme. Trataron de calmarme y me decían que no temiera, que aquello que yo veía sólo era mi reflejo en el cristal… Yo no les creo. Tendré que estar alerta.

ESTEFANÍA JIMÉNEZ

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2 pensamientos en “ASESINO

    • Gracias!!! 😀 Sí, bueno, es que ese día me sentía un poco psicópata.
      Pronto te veremos a tí por aquí!

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