RASPUTÍN


Grigori Yefimovich Rasputín nació el 22 de enero de 1869, en Siberia. De origen campesino, se crió salvajemente, dedicado a robar ganado. Desde pequeño decía hablar con la Virgen, con lo que logró gran popularidad.

Con unos 18 años se marchó al monasterio de Verkhturye a meditar (quizás como pena por sus robos). Poco después de regresar del monasterio ingresó en la secta conocida como khlysty (flagelantes), los cuales defendían que para alcanzar la fe verdadera era fundamental el dolor físico. La secta era famosa por sus fiestas y orgías, y Rasputín por el gusto por el vino y las mujeres.

Conocido también como “el Monje Loco”, Rasputín decía predecir el futuro. Según algunos testigos, era capaz de hipnotizar a la gente con su mirada hasta el punto de lograr cuanto deseaba. Pretendía ser sanador y para dar más credibilidad a esto intentó adquirir la apariencia de Jesucristo.

Rasputín se casó y tuvo tres hijos, pero finalmente abandonó a su familia para continuar su formación como místico, aunque se sabe que llegó a engendrar más hijos con otras mujeres.

Viajó como peregrino durante varios años (Grecia, Tierra Santa…) y aprendió mucho sobre historia, esoterismo y religiones antiguas.

De regreso a Rusia, en San Petersburgo se hizo con la amistad de nombres influyentes que lograron que se le abrieran las puertas de las familias más ricas de la ciudad.

La zarina, Alexandra Fiodorovna, desesperada por la delicada salud de su único hijo que padecía hemofilia, decidió confiar en las dotes curativas del místico y lo llamó al palacio en 1905.

Al parecer el zarevich Alexis mejoró temporalmente de su enfermedad (según se creé Rasputín lo logró mediante hipnosis) y Grigori fue invitado por el zar y la zarina a trasladarse a vivir a palacio para asistir a su hijo.

Pero el zar Nicolás II no acababa de confiar en él, y él lo sabía; por ello centró su influjo en la zarina, muy supersticiosa y religiosa, para que ella a su vez influyera en su marido y de este modo poder permanecer en palacio. De este modo pronto se hizo con un cargo de confianza allí.

Los revolucionarios, enemigos del régimen zarista, lo acusaron de haber actuado como espía de los alemanes durante la Primera Guerra Mundial, así como de influir, mientras Nicolás se hallaba ausente por la guerra, en las decisiones de la zarina, que era de origen alemán.

Sin embargo, las aparentes mejoras en la salud del zarevich, único heredero, impedían que el zar, preocupado por el futuro de la dinastía Romanov, actuara contra él. La zarina confiaba plenamente en él y en sus vaticinios sobre Rusia.

Rasputín no era apreciado en la corte debido a su forma de manipular a la zarina y llevar el gobierno, así como por su fama de libertino. Había quien lo consideraban una peligrosa amenaza y temían su influencia en la corte de los zares. Así pues, algunos nobles y militares decidieron idear un plan para quitárselo de en medio de una vez por todas.

Félix Yusúpov, casado con la princesa Irina, fue el principal conspirador. Se decía que era homosexual y se sentía atraído por Rasputín y que por ello lo detestaba.

Demetrio Romanov, primo del zar, se unió a él, convencido del peligro que el místico entrañaba en la corte; así como Vladimir Purishkévich, importante político, que animó a Yusúpov a cometer el asesinato, alegando que quería defender la monarquía que con Rasputín estaba en peligro.

Rasputín sentía verdaderos deseos de conocer a la princesa Irina, de la que se decía era muy hermosa y rica. Una noche de 1916, fue invitado al palacio Moika, en San Petersburgo, por los conspiradores, para ser presentado a la princesa. Él aceptó sin pensar, guiado por su lujuria y codicia.

En el palacio lo colmaron de manjares y de vino, y entre ellos pusieron cianuro en cantidades desorbitadas, destinado a acabar con el monje. Aunque en un principio Rasputín desconfiaba y se negaba a probar nada, finalmente la gula lo venció y se atiborró de comida y vino, mientras reía y cantaba.

Según el relato que Yusúpov hizo posteriormente de lo acontecido aquella noche, Rasputín siguió cantando y bebiendo durante horas, sin dar muestras de ningún malestar (quizás porque había comido tanto que el veneno no le hizo efecto inmediato).

Temeroso de que fueran reales los mitos que decían que el místico era inmortal, Yusúpov decidió dispararle por la espalda, sabiendo que no tendría otra oportunidad. Rasputín cayó muerto, y los conspiradores decidieron trasladarlo a su casa para evitar que las sospechas recayeran sobre ellos. Cuando Yusúpov se agachó para examinar el cadáver, el monje aferró con fuerza su hombro y lo maldijo. El místico huyó del palacio por su propio pie, corriendo por la nieve. Volvieron a dispararle y uno de los tiros le acertó en el hombro. Rasputín se giró y finalmente cayó. Una vez en el suelo, lo remataron con un  tiro en la cabeza.

Velaron el cadáver hasta las cinco de la madrugada, y cuando al fin se convencieron de que estaba realmente muerto, lo envolvieron en una alfombra y lo lanzaron al río Neva.

Cuando el cadáver fue hallado se le practicó la autopsia. Ésta reveló que había agua en sus pulmones, lo cual indicaba que Rasputín aún respiraba cuando lo lanzaron al río y que en realidad había muerto por ahogamiento. 

Al parecer le cercenaron el pene al cadáver (ya que dicen que medía 28,5 cm) para exponerlo en un museo.

Se dice que unos días antes de aquello, Rasputín había escrito a la zarina diciéndole que esperaba una muerte violenta en pocos días. Su carta decía que si su muerte la causaba alguien del pueblo ruso, la familia del zar seguiría reinando; en cambio, si la muerte la provocaba algún noble, los zares caerían dos años después de su muerte (cosa que realmente se cumplió cuando estalló la Revolución Rusa y Lenin se hizo con el poder)

ESTEFANÍA JIMÉNEZ

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