¿ÁNGEL?


Éste no es un relato nuevo ni mucho menos, pero es que es uno de mis favoritos y también de Luís y me apetecía publicarlo en nuestro blog. Ojalá que haya alguien que no lo haya leído.

Está inspirado en el puente de Carlos de Praga, que como siempre digo, es la ciudad más preciosa del mundo.

Sonámbulo. Como una sombra más de aquella noche helada. Como un rayo más de aquella luna vigía. El camino empedrado se hacía la más alta montaña a mis pasos torpes y desvalidos. Mi caminar cansino, traducción del peso en mi alma.

Aquella bóveda nocturna, atenta a mi terrible tormento, parecía sonreír desde su trono de diamantes. Los sonidos del silencio atronaban mis oídos. Todo era ruido estentóreo si no tenía el eco de su voz, todo era brumas, putrefacción y hastío, si no existía la sombra de su ser.

El río, aquel que junto a ella me había parecido hermoso y perfumado, me resultaba hediondo y horrible, con aguas negras y pútridas cuan mortajas azabache que envolvieran la vida vibrante para arrastrarla al olvido para siempre. Ni siquiera la enormidad de la diosa del firmamento lograba otorgar luz a aquella terrible oscuridad que mi pesar acrecentaba. Las aguas eran negras, el olor repulsivo, el silencio terrible…

Y supe entonces, allí en el puente empedrado, junto a las estatuas guardianas, que no era sino yo el que corrompía el mundo. Que no era sino mi mente atormentada la que mancillaba la belleza de Cibeles. Que jamás volvería a brillar el sol para mí, que jamás encontraría la beldad en la luna, que jamás me embriagaría con el perfume del amor. Que sin ella ya en el mundo la belleza estaba vacía.

El río… corría silencioso, en ese silencio estruendoso a mis oídos castigados por su ausencia. Sus aguas de la profundidad del abismo abierto en mi alma, su frialdad, más templada que el hielo en mis venas… Quise ser río, correr libre de mi tormento, fundirme con las rocas resbaladizas, nadar junto a los sueños de un millar de enamorados, junto a los miedos de los moribundos, junto al terror de los desesperados. Limpiar la desesperación que era mi dueña, romper las cadenas que ella me había forjado, pulir el óxido que impedía  que las soltara, que impedía mi liberación.

Cerré los ojos, aspiré el aire de la noche que no satisfacía mi asfixia, saboreé aquel sabor del ambiente que antes había amado. Un frío terrible recorrió mis miembros, un escalofrío de muerte sacudió mi corazón tan fuerte que me sentí caer… caer… y…

…Y los olores se tornaron perfume, el silencio paz. Abrí mis ojos extrañado y el paisaje se me presentó hermoso… tan amado… tan hermoso. Las aguas del río deambulaban plácidas, brillantes bajo la luna.

Una lágrima resbaló hacia el río, creando círculos de espuma brillante, deslumbrantes junto a las luces de la noche. Volví mi rostro sobresaltado. Allí, a tan sólo unos pasos de mí, creí divisar a la mismísima Nut. Hermosura en esencia pura. Su cabellera era ébano y seda, su piel el nácar de Venus, sus ojos dos astros de plata líquida que derramaban su pena a las aguas. Aquella boca, la respuesta a cualquier incógnita sobre la sabiduría de la naturaleza, símbolo de la perfección. Campo de amapolas en el que gustoso me habría tumbado para perderme por siempre en su perfume adictivo, en su embriagador sopor.

Aquella embrujadora figura, envuelta en satén blanco, brillaba en el puente con un haz cegador e hipnótico, llegando a eclipsar la luz de la noche, de tal modo que el reflejo de la luna en las aguas se veía como una tenue diadema de luz que la coronara.

Aquel rostro perfecto, competía y ganaba con creces los de las virginales estatuas que la miraban celosas desde sus pedestales. Pero una tristeza desoladora lo cubría, como una capa suave de maquillaje que realzara aún más su hermosura, pero no se cubría su rostro de la blancura del artificio, sino del terrible mármol del dolor.

Mis pasos se hicieron ágiles al fin, mi cuerpo pareció volar hasta ella. Quise extender mis brazos, estrecharla en la paz que yo quería brindarle, limpiar aquel dolor con el jabón de mis besos, secar su llanto con el suave lienzo de mis caricias. Pero una mirada suya me detuvo. Sus ojos se tornaron diamantes, bellos y fríos. Su dolor era ahora… ¿odio? ¡Odio hacia mí! ¡Yo que ya la amaba, yo que ansiaba arrancar su sufrimiento con mi propio dolor si fuera preciso! Y sus manos se alzaron crispadas hacia mí, la dulzura de su piel convertida en el arma más eficaz.

Sacudí mi cabeza sin comprender. No podía entender aquella reacción en aquel ángel. ¿Por qué de repente sentía rencor hacía mí? ¿Por qué su belleza se tornaba líquida y helada como las aguas del río, por qué oscura y siniestra como la mortaja de mi alma?

Y de repente su expresión de odio cambió. Bajó sus manos a sus caderas. Percibió mi desconcierto, me contempló con curiosidad, me observó, me analizó y finalmente me sonrió.

Pero aquella sonrisa no estaba destinada a darme calor, por el contrario me fulminó. Era la sonrisa de la crueldad, de la más oscura satisfacción en el dolor, era la sonrisa del diablo…

Involuntariamente di un paso atrás. El puente me pareció demasiado corto ahora, ni todo el espacio del firmamento me serviría para poner distancia entre los dos. Separó sus deseables labios y mostró unos finos y blanquísimos dientes al ensanchar su sonrisa terrible. Con un delicado gesto de su cabeza señaló el río, abajo, en las oscuras aguas…

No vi nada. Las nubes ensombrecían la luna entonces, todo era oscuridad. Volví a fijar mi vista en ella rápidamente, temeroso de no controlar sus movimientos. Ella clavó sus enormes y crueles ojos en mí y un destello carmesí pareció iluminarlos por un instante.

-¡Finalmente no serás para mí! –encogió sus delicados hombros en un gesto de resignación y su sonrisa se tornó traviesa mientras volvía a señalar las profundidades del río.

Las nubes desnudaron despacio a la luna arriba en el cielo, las aguas negras se vistieron de su luz. Y al fin lo vi… y al volver mi rostro desencajado a la mujer la vi evaporarse en las sombras, como también lo hacían las ligaduras que me ataban a esta vida de la que horas antes deseaba marcharme. Pero ahora, allí, junto al puente, vigilado por las estatuas, al contemplar mi cadáver arrastrado por las aguas heladas, mi chaqueta flotando junto a mi cabello desmadejado, mis brazos otrora fuertes, moviéndose al son de la música de la noche en una danza acompasada con las aguas; la escasa dependencia que me amarraba a esta que ya no era mi vida, me desgarraba un pecho que ya no existía y me mostraba un dolor que ya no era más que ilusorio. Dolor por perder lo que yo había rechazado.

Ahora veía marchar mi cuerpo sin vida con unos ojos que no lograba comprender de dónde venían. Y sufría irremediablemente por esa vida de la que había sido incapaz de hacerme dueño, por esa felicidad que había alejado de mi lado cerrando las puertas a todo resquicio de luz al sumirme en mis propias sombras.

Y mientras aquel que era yo, un fantasma sin rumbo, vagando en un limbo de eternidad en donde sólo cabía ya lugar al arrepentimiento, perseguía la sombra de lo que fue mi cuerpo arrastrado por la corriente, siendo consciente del transcurrir del tiempo. Lo que antaño fue un cuerpo con el que reí, sufrí, amé, odié, gocé, sentí… ahora tan sólo era una carcasa vacía, sintiendo el azote de los elementos, consumiéndose en sus propios vapores de putrefacción, nadando con las sombras de lo que antaño fue una vida plena que rechazó.

Pienso a menudo, en mi viaje sin final, en aquella figura hermosa que por un instante amé y al segundo temí. ¿Quién sería aquella imagen de la perfección? ¿Quién aquel ángel tornado demonio? Y mi mente, que ya no existe y no es más que un fuego fatuo de lo que ansío y ya jamás recuperaré, me dice que es posible escapar al diablo. Que ella era el mismo ángel caído que venía a hacerse fuerte en mi dolor, que venía a comer de las pústulas de mi alma destrozada, a torturarme con su hermosura dolorosa, para después reforzar esas cadenas que me habían llevado a abandonar mi vida al cuidado de las aguas. Fundirlas con mi propia piel para ya jamás volver a sentir la vida, para no volver a conocer la paz.

Así este vano fantasma en el que, dado a mi estupidez me he convertido, entre las lágrimas y la amargura de mi patética existencia, aún guardo una sonrisa burlona para aquella criatura del Amenti que vino en la noche de la desolación a esclavizar mi alma.

Aun en mi triste viaje sin retorno, soy capaz de reírme de aquella beldad de Satán de la que supe escapar. Es posible huir de las garras del mal. Es posible burlar al ángel de la muerte, es posible si te condenas tú mismo, si tú te conviertes en tu propia Parca, si tú mismo cortas los hilos. A pesar del largo deambular… a pesar de que ahora mi angustia jamás menguará. De que busqué la muerte para volver a encontrar a aquella amada a la que había perdido, y encontré la soledad más siniestra y fría, condenado a vagar sin rumbo para toda la eternidad.

ESTEFANÍA JIMÉNEZ

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2 pensamientos en “¿ÁNGEL?

  1. ¡Muchas gracias! A mí me gustó mucho tu reflexión sobre los mensajes de móvil. 😀 ¡Buenísimo! Llevas tanta razón… y digo yo… ¿realmente tenemos tan poco tiempo como para cometer esos disparates?
    Un saludo, te seguiré leyendo.

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