ESPÍRITU DEL VIENTO – SUSURROS


 

“SUSURROS” – MARISA MORAL MORENO

 

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Verás Marisa, sé que te dije que escribiría algo para este dibujo, pero es que me ha pasado algo muy curioso. Cerraba los ojos, disparaba ideas, y, cuando me ponía a hilar pensamientos, me daba cuenta de que todo lo que tu dibujo me inspiraba ya lo había escrito antes en este cuento.

Lo miro y lo vuelvo a mirar… lo leo y lo releo… y me parece como si tú hubieras ilustrado el cuento, o como si yo me hubiera inspirado en tu dibujo para escribirlo.

¿Cómo se le llama a eso, simbiosis? Para mi es conexión.

Lo de bautizar el dibujo… ¡Es una responsabilidad muy grande!  Por ahora será “Susurros”. Cuando encuentres uno mejor me lo dices y editaremos la entrada, ok?

 

ESPÍRITU DEL VIENTO

Cada respiración le suponía una tortura. Cuando el corazón está tan dolido que lo sientes hinchado, es capaz de obstruir los pulmones.

Recordó que apenas unos meses atrás su corazón saltaba alegre en su pecho, sus pulmones se atoraban de pura felicidad. Cerró los ojos para tratar de atrapar aquella imagen que amenazaba con esfumarse para siempre… su rostro sonriente, su sensación de plenitud… ¡Todo mentira!

El espejo tan sólo le devolvía una imagen de su rostro surcado por las lágrimas. Una máscara de tristeza y dolor… ¡Cómo odiaba aquella sensación de debilidad! Sus ojos verdes se contrajeron por la rabia y la impotencia. Una gata furiosa, enjaulada… y deseando ser amada.

Apartó el espejo con fuerza para alejar aquel reflejo patético que tanto se esforzaba por mejorar. El golpe retumbó en el silencio de aquella habitación vacía que en otro tiempo llenaban las risas y las palabras de amor. Apenas dirigió una mirada al espejo hecho añicos. ¿Siete años de mala suerte? Eran ya más de treinta los que habían transcurrido y nada había cambiado demasiado.

Se asfixiaba. Necesitaba salir de aquellas cuatro paredes llenas de recuerdos. Cerró de un portazo y se alejó de su apartamento con energía, aunque bien sabía ella que éstos la perseguirían donde quiera que fuese.

Las calles parecían hablarle, burlarse de ella. El canto de los pájaros, que en otro tiempo le habían parecido música divina, le sonaban ahora como estridentes risas de alimañas, gozando de su dolor. Deseó poder huir, y sin embargo sabía que no existía escapatoria. Sus fantasmas siempre viajaban con ella, dispuestos a atormentarla. Como cada día le recordaban su fracaso. Volvía una y otra vez su vista atrás y no era capaz de recordar ni un solo mérito en su vida. Los sueños se quedaron sólo en eso hacía demasiado tiempo y ahora era incapaz de encontrar un motivo de dicha.

Frenó su absurda huída al notar las lágrimas volver a lacerar su cara. ¿Guapa? Cuántas veces lo había escuchado. Pero esa “cara guapa” seguía marchitándose sin remedio, sin ningunos labios que la adoraran, sin ningunos dedos capaces de atrapar sus lágrimas. Alzó su mano temblorosa y acarició sus mejillas. Sonrió. Atrapar las lágrimas… como Drácula atrapaba las de Mina y las convertía en cristal en la película. Cómo adoraba aquella escena, le recordaba a su juventud, a su amiga que estaba muy lejos. Necesitaba una amiga, pero ni siquiera ella, a pesar de ese extraño vínculo que siempre las había mantenido unidas, podría nunca llegar a comprender cómo se sentía. ¿Lo comprendía ella misma? Vacía y frustrada… más que nunca en su vida.

Miró a su alrededor y se dio cuenta de dónde estaba. El parque. ¿Cómo había llegado hasta allí? Volvió a pensar en su amiga y sacudió la cabeza. Ella le habría dicho que era cosa del destino, al final siempre acababan en el parque, como cuando eran adolescentes y se contaban sus penas con una lata de coca cola y unas patatas fritas. Pero ella ya se había encontrado con el destino. Lo había amado, lo había idolatrado y había conocido la dicha soñada a su lado. Después, como todo lo hermoso en su historia, se había esfumado sin más, dejándola sola como habían hecho todos. Borrándola de su vida y de sus pensamientos, hundiéndola de nuevo en un gran abismo.

-¿Y de quién es la culpa? –Se reñía de nuevo en voz alta mientras se sentaba en un banco de mármol-. ¿Quién fue tan estúpida para idealizar aquel sentimiento? ¿Quién se dejó arrastrar por los sueños, quién los quiso ver materializados en carne y hueso donde sólo había imágenes vagas?

El viento agitó su pelo. Hacía frío, aunque hasta ahora ni siquiera lo había notado. Aquello era bueno, un sentimiento humano en aquel cascarón casi vacío y extraño que era su cuerpo. Alzó su rostro y con los ojos cerrados recibió la caricia del viento helado del crepúsculo. Adoraba aquellas caricias que siempre parecían acudir a ella cuando más frágil se sentía, como queriendo infundirle valor. Se había dado cuenta hacía tiempo de que las buscaba a propósito… las necesitaba. En aquel momento el viento revolvía su cabello, saboreaba su piel hasta hacerla estremecerse, abrazaba su cuerpo tembloroso… y lo sintió rozar sus labios; una suave presión llena de dulzura.

Abrió los ojos, alarmada. ¿Aquello había sido un beso? Miró hacía atrás… a los lados…allí no había nadie ¡Definitivamente estaba perdiendo la cabeza! Volvió a cerrar los ojos y suspiró. Realmente necesitaba un beso… Y entonces volvió a sentirlo. Una caricia dulce y tierna, un aliento frío lleno de promesas y misterio…

Un escalofrío recorrió su espalda. Realmente estaba sola, sabía que lo estaba, y sin embargo… La presencia de alguien junto a ella era tan real como su propia respiración agitada. La había sentido en muchas ocasiones a lo largo de su vida pero jamás había sido tan vívida. ¿La había estado ella buscando aquel día cuando salió de su apartamento? Descubrió que no sentía miedo de aquella presencia, comprendió que le gustaba su compañía. Supo que la necesitaba, que siempre la había necesitado. ¿Tal vez su imaginación jugaba con ella en sus momentos de mayor vulnerabilidad?

El roce volvió a repetirse y esta vez entreabrió los labios. Un olor a flores la envolvió y su paladar se llenó de un sabor a pureza, algo difícil de describir pues jamás antes persona alguna había tenido el privilegio de saborear algo así. Gimió de deleite y percibió una sensación de gozo como jamás antes había sentido. ¡Aquello era la plenitud! ¡La respuesta a todas sus preguntas, el sabor de la paz y la dicha! ¡Aquella sí era la culminación de todos sus sueños, todas las expectativas de su vida!

Una vida… Él atrapó el gemido de ella en sus labios que no eran labios, acarició su cuerpo con sus manos que no eran manos, y quiso gritar de frustración con una garganta que no era tal. Una vida. Eso era lo que ella más necesitaba y lo único que él no podía darle. La había amado desde hacía tanto… Tras años de vagar junto a ella, deseándola en silencio, añorando sus besos, queriendo borrar su sufrimiento con su amor… Y hoy, en aquel momento de total indefensión, ella había sentido su presencia. ¡Y no había huido! Había permanecido allí para él, dejándose acariciar por la insinuación que eran sus manos, permitiéndole besarla con aquellos labios etéreos.

Pero él no podía darle aquello que ella necesitaba por encima de todo. Cuando la soledad la envolviera de nuevo, cuando sus sentidos volvieran a recordarle su dolor, ¿con qué cuerpo le daría él calor? La amaba tanto… ¡aquello debería bastar! Sin embargo, no era así. El amor es un arma muy pobre cuando se carece de ser.
¿Cuándo había aparecido aquel sentimiento que lo torturaba como una condena? Recordó el día que ella nació. Él estaba allí junto a su cuna y aquellos ojos lo habían cautivado. Un regalo de la diosa Primavera. Su boca se volvió sensual y cálida con los años, presente del dios Verano. Su misterio creció con su cuerpo, su melena oscura y brillante enmarcaban un rostro hermoso lleno de enigmas, propios de Otoño. Y la nieve en su piel, sus caricias paralizantes… la seducción que le había regalado el dios Invierno.

¡Y ella pensaba que no era nadie! ¿Cómo no podía darse cuenta de que lo era todo? Esa criatura divina había sido creada por capricho de seres superiores, mucho más poderosos y sabios que cualquiera, mucho más que él incluso. Y él había sido enviado a la tierra para cuidar de aquella criatura. Había sido arrancado de la comodidad de su vida de espíritu del aire, de la riqueza y la magia de su mundo. Traído a la tierra contra su voluntad para velar por una creación de entes superiores que no podía ser lastimada. Pero no lo había hecho muy bien, desde luego.
Volvió a reírse de su estupidez. ¿Había creído que podría escapar al hechizo de aquella criatura sublime? Recordó que la había odiado antes de conocerla siquiera por haberlo separado de las comodidades de su mundo ideal. Pero después de verla por primera vez supo que el mundo sólo podía ser ideal a su lado.
Y verla crecer… el cariño de un espíritu protector no tardó en convertirse en amor, una pasión incontrolable que lo llenaba de desesperación y frustración. ¿Qué ser podía desearle tanto mal para hacerlo sufrir de aquella manera? ¡La amaba! La amaba tanto que le dolía y él jamás había sentido dolor antes. Se encontró flotando a su lado, embelesado por sus miradas que jamás iban dirigidas a él, seducido por su voz que jamás le dirigirían palabras de amor, celoso de los besos que jamás iban destinados a él.

Rabiaba al verla junto a otro. Deseaba tener manos con las que estrangular a aquellos que tocaban su cuerpo, pies para patear a todos los desgraciados que tomaban sus sentimientos divinos como si fuera una mujer más en su mundo superficial. ¡Ella lo era todo, nadie la merecía! ¡Nadie!
La rabia fluía de nuevo en su cuerpo de suspiros; pero también el dolor y la culpa. Nadie la merecía… ¿pero acaso la merecía él? Había sido enviado a la tierra para velar por su dicha y su amor imposible lo había convertido en una bestia sin corazón. Jamás se controló, nunca soportó verla con otro… y nunca lo consintió. Luchó contra su egoísmo, trató de refrenar sus celos, razonar consigo mismo. Se decía que lo suyo jamás sería posible, que ella nunca podría amarlo… ¡Si ni siquiera sabía que existía! Pero su corazón le decía una y otra vez que sólo él sería capaz de hacerla feliz, que nadie en aquel mundo de horror la amaría jamás como él la amaba. ¡Y no se equivocaba! Todas eran almas frías, incapaces de comprender la perfección de ella. Ninguno le llegaba ni a la suela de los zapatos, nadie sabía leer en su alma y sentirse uno con los sentimientos de su corazón. Pero él sí que podía… sus almas parecían haber sido creadas para ser una, a pesar de las diferencias, a pesar de las distancias.

Uno tras otro los fue espantando. Ella se merecía algo mejor. Se convenció a si mismo de que lo hacía por ella y no por aplacar sus celos. ¡Pero es que realmente nadie la merecía! Él podía leer dentro de las almas y vio oscuridad en todas ellas. No obstante, al verla llorar después, se preguntaba si realmente hacía lo correcto. Ella sólo deseaba ser amada, sin pensar en la pureza de los sentimientos de los demás. Quizás lo más humano hubiera sido dejarla amar para que ella misma se diera cuenta de la falsedad… pero él no era humano y prefería apartarla de cualquier desengaño.

Aunque era consciente de que aquellos fracasos amorosos estaban convirtiendo su carácter en algo oscuro y triste. Su pequeña diosa necesitaba amar, aquello era su energía, ¿cómo podía negarle algo tan importante para ella? Así fue cómo finalmente cedió aquella vez. Apareció alguien que realmente parecía estar dispuesto a amarla. Todo en aquel hombre se asemejaba a los sueños románticos de ella. Una especie de príncipe salvador, venido en el momento en el que más lo necesitaba. Ella creía que era el destino… ¡Ja! Él siempre supo que le haría daño. ¡Ojalá hubiera podido advertirla! Sin embargo no se atrevió a intervenir esta vez. Su deidad se veía tan feliz… Luminosa, hermosa, llena de vitalidad… Y él hervía de celos y de desesperación. Se odiaba pues en el fondo de su ser esperaba el momento en que aquel nuevo amor la traicionara. ¿Ser? ¡Si él no tenía ser; si estaba hecho de viento, si no podía sentir! ¿Cómo podía desear algo que la podía herir? Aquel sentimiento tan humano… el amor lo estaba convirtiendo en algo despreciable, inmaterial y monstruoso.

Pero el momento finalmente llegó. Unas últimas palabras culminadas con un simple adiós. Un adiós a una vida de sueños, un hola a un nuevo mundo de desazón. Aquel amor se marchó, como todos se marchaban al final, sobrecogidos por la grandeza de ella, dejándola sumida de nuevo en su tristeza. Y allí estaba él de nuevo, como siempre había estado, dispuesto a secar sus lágrimas con sus suspiros de viento, dispuesto a apoyarla desde su silencio, en las sombras, dispuesto de nuevo a permanecer aparte, aguardando volver a verla sonreír. Sin embargo se equivocaba, esta vez no estaba preparado para ver tanto dolor… El golpe había sido duro, demasiado. Se odió cada día por haber permitido que aquella relación llegara tan lejos, tendría que haberla cortado antes.

No podía soportar verla sufrir tanto, no resistía convivir con aquel sufrimiento, y desde luego era impensable separarse de ella. Pero él era un espíritu del viento… un duende… un elfo… un imposible. ¿Qué podía hacer?

La respuesta vino una triste tarde. Las lágrimas mojaban su almohada de nuevo. Él se sentó a su lado y la acarició. Nunca antes se había atrevido a hacerlo, pero ese día no pudo evitarlo. Lo extraño fue que ella pareció sentir algo. De repente había cerrado los ojos y se había ido calmando poco a poco. Entonces se levantó de la cama, enjugó su llanto y sacó sus pinceles olvidados en un abarrotado cajón.

Quiso pensar que había sido él el que había obrado tal milagro, aunque lo cierto era que ella ya poseía tal don. De pronto se convirtió en la diosa creadora que él siempre había sabido que era. Dio vida a un lienzo, después a otro… Sus cuadros eran una ventana abierta a su alma, a sus sueños y añoranzas. Él las conocía de cerca y lloraba con lágrimas de aire cada vez que ella les daba forma con sus pinturas. Era mágica en esencia. Y cuando su ánimo caía, él osaba de nuevo acariciarla y gozaba con la sensación, aunque sabía que debía ser imaginaria. Ella parecía conseguir su calma e inspiración de aquellas caricias de aire, tal vez su ser etéreo fuera útil después de todo.

Y así pasaban sus días, ella tratando de sobreponerse y recomponer los pedazos de su corazón destrozado; él, sobreviviendo en una vida de brumas, amando hasta la locura en silencio, con unos sentimientos que no podían ser reales pues él mismo estaba hecho de sueños.
Aquel día, la mañana había llegado como tantas otras. Y como en todas ellas, el sol no comenzó a brillar para él hasta que ella no había abierto los ojos. Pero de nuevo la luz estaba velada en ellos, el verde se veía empañado por las lágrimas. En seguida percibió el dolor, su alma volvía a derrumbarse y él sólo podía observar y aguardar a que su depresión cesara. Vio su imagen reflejada en el espejo, esa hermosura fresca y llena de vida que ella se negaba a ver. Buscó su propio reflejo y sólo halló sombras. ¿Era posible llorar cuándo no se era humano? Escuchó los cristales del espejo cuando ella lo lanzó y le sonaron como los pedazos de su propia alma destrozada.

¡Oh, aquella desolación! Y él había creído que con sus caricias etéreas lograba aminorar su dolor… Ella aún sufría… Sufría tanto y él no podía ayudarla. ¿Qué pensamiento absurdo pasó por su mente? ¿Acaso no era él un ser sobrenatural más sabio y fuerte que los humanos? Quizás ya nada era lo que debía ser. Sólo supo que cuando cerró sus enormes ojos verdes, la necesidad de ella se había hecho tan intensa que no la pudo resistir durante más tiempo. ¡La amaba! Necesitaba sentir su calor pues el frío lo estaba matando. Aquella boca lo invitaba más que nunca y no pudo resistirlo más. La besó. Lo hizo y comprendió el significado de la dicha. Su sabor era la vida y supo que no volvería a ser el mismo. No debería haberlo hecho. ¿Cómo podría seguir viviendo sin su aliento? Pero volvió a hacerlo.

Cerró los ojos y tembló, aterrado. Ella lo había notado. Sabía que él estaba allí, no era ninguna estúpida. Cualquier persona sentiría terror al recibir unos besos fantasmales. Se alejaría de allí aterrorizada y él no osaría jamás volver a tocarla. ¿En qué momento se había vuelto idiota? ¿Cómo podía torturar tanto a la persona que más adoraba en el mundo? Se alejaría por siempre. Se acabó. No quería ver el terror en aquella mirada esmeralda, no más dolor en su rostro misterioso.

-¡Oh, no es un sueño! –Sus palabras fueron tan suaves que por un momento pensó que lo había imaginado-. Estás aquí de nuevo. Siempre estás a mi lado. Tú eres el único que jamás me abandona.
¿Le hablaba a él? Imposible. Él era un imposible, un fantasma, un ser de nada…

-¿Quién eres? Dime que eres real, por favor. No quiero que tú también seas un sueño. Siento tu aliento en mi nuca y me da calor. Percibo tus caricias en mi cuerpo y no paro de soñar con ellas. ¡Oh, no sabes cómo he ansiado un beso tuyo! Y sin embargo, temía que no fueras rea, que todo fuera producto de mi mente perturbada. ¡Dime que tú sí eres una constante dentro de un mundo lleno de falsedad! ¡Tú, mi espíritu de aire, eres lo único que siento puro y real en un mundo de fantasías!

-Yo soy la gran mentira. Soy un ser de brumas, irreal e insustancial. Un ser del viento. -Sintió sus lágrimas corriendo a raudales por sus mejillas inexistentes. ¿Podía notar su amor? En cualquier caso poco importaba, él era un fantasma. Jamás podría estar con ella como deseaba. Le susurró al oído todos sus sentimientos, aun sabiendo que ella nunca podría escuchar unas palabras carentes de voz-. Soy un ser de sueños y aun así soy aquel que más te ama en todo el universo. Jamás dará el mundo nadie que te adore como yo lo hago. Vivo mi vida de fantasía sólo por ti. Doy mi cordura con gusto tan sólo por el placer de ver tus ojos abrirse cada mañana. ¡No existe más amanecer en mi vida que tú! Y aunque no puedas escucharme, quiero decirte que siempre estaré a tu lado, nadie podrá quererte nunca como yo te quiero.

-Lo sé –susurró ella con una enorme sonrisa en los labios-. Y esa idea es la que me da aliento para seguir adelante. Hace tiempo que sólo vivo por ti.
Los ojos de él se abrieron como platos. Le estaba contestando. ¿De verdad le estaba contestando? ¿Acaso ella podía escuchar sus palabras de aire?

-¿Puedes oírme?–dijo casi sin aliento, temeroso de que no respondiera, de que todo hubiera sido una ilusión.

-Más aún… Puedo sentir tus palabras y tus sentimientos dentro de mí –respondió ella sin abrir los ojos-. ¡Oh, sí! ¡Sí que puedo escucharte! Al fin puedo poner voz a esa fuerza que sentía latir junto a mí.

-Pero… nunca antes me habías oído. ¿Por qué ahora sí? ¿Qué ha cambiado?
-No lo sé… ¿Habías probado a hablarme alguna vez? –acusó ella con suavidad.

No. Nunca se había atrevido. ¿Para qué si él no era de ese mundo? Enamorarse había sido una locura. Ella lo era todo y él estaba hecho de la nada.

-Y sin embargo poco importa que puedas escucharme –murmuró con pesar junto a su oído.

-¡Claro que importa! Por fin puedo poner voz a mis sueños. No sabes cómo necesitaba sentir que eras real… Creí que estaba enloqueciendo. –Se estremeció sin quererlo al recordar todas esas veces que había percibido la presencia benefactora de aquel ser y había temido estar perdiendo el juicio-. Por fin mi amor tiene voz.

-¿Tu amor? –No podía haber escuchado aquello. ¿Ella realmente lo amaba? ¿A él, un ser sin sustancia? Siempre había sabido de su existencia. ¡Claro! ¿Cómo podía haberlo dudado siquiera? Ella era un ser creado a partir de seres superiores. Era la perfección. Y lo amaba… ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Ahora lo veía todo tan claro… Nunca había habido nadie más. Siempre lo había amado a él y había vivido sus días buscando, tratando de dotar de sustancia a un ser de brumas.

-Tú… siempre has sido tú –dijo ella poniendo voz a sus pensamientos-. ¿Por qué permitiste que me engañara tantas veces?

-Yo…jamás pensé… ¿A mí? –Aún no podía creerlo a pesar de que la verdad estaba ante sus ojos-. Esa idea es tan maravillosa como imposible.

-¿Imposible? ¿Por qué? –La voz de ella sonó como un sollozo-. No me quieres…

La risa de él retumbó en la noche, clara, hermosa y muy triste. ¿Ella, ella dudaba de sus sentimientos?

-¿Podría dejar de querer el aire que es mi vida? Tú lo eres todo, pero yo no soy nada. Soy una farsa, un ser imaginario. No soy real en tu mundo.

-Tú eres lo más real que he conocido jamás en este mundo de hipocresía y falsedad. Tú eres la respuesta a todos mis sueños. Eres la esencia de mis deseos. Nada en este mundo es más cierto que lo que siento por ti.

-Y aun así soy de viento ¿cómo podría amarte?

Ella bajó la cabeza y unas gruesas lágrimas resbalaron por sus mejillas heladas. No podía negar la verdad de aquella afirmación. Y de repente una idea sacudió su mente.

-¿Puede el viento amar? –preguntó con cautela.

-No, el viento es sólo viento.

-¿Puedes tú? –Él guardó silencio- Sí que puedes. ¿Puede él sufrir como tú lo has hecho durante toda mi vida? Yo he podido sentir tu dolor. ¿Es capaz de sentir rabia, odio? ¿Puede un ser que no pertenece a este mundo poseer sentimientos tan humanos?

Permaneció en silencio con las palabras retumbando en su mente. ¿Acaso no se había hecho él las mismas preguntas un millón de veces? ¿Cómo era posible sentir tanto cuando ni siquiera se poseía un corazón real?

-¿Puede un ser irreal acariciar y besar como tú? –continuó ella con voz suave-. Nadie jamás me había hecho sentir tan plena. Nadie jamás me había parecido tan real.

Ciertamente él se sentía muy real. Y estando junto a ella, con sus labios etéreos rozando su mejilla mojada, no podía concebir que aquello que vibraba con su proximidad, no fuera un cuerpo completo y auténtico con el que amarla por entero.

Entonces ella extendió sus manos y pudo sentir su tacto. ¡Pudo sentir su calor en sus propias manos! ¿Cómo podía ella estar aferrando aire? Se apretó contra su cuerpo y pudo sentir su firmeza, su resistencia. ¿Por qué no lo atravesaba si él sólo era sombras? Le ofreció sus labios y la besó como siempre había deseado, con dulzura pero también con pasión. Y notó la humedad de su boca, el calor…

Ella abrió los ojos, con temor a que él se esfumara, a que realmente todo hubiera sido producto de su imaginación…

…Y unos enormes ojos azules le devolvieron la mirada, sus espesas pestañas enmarcando una expresión de embeleso. Una suave piel olivácea que ahora podía acariciar. Un cabello plateado y sedoso que rozaba sus pómulos en una melena descuidada pero elegante. Unos labios gruesos y sensuales que se separaban una y otra vez incapaces de articular las palabras adecuadas debido a la sorpresa. Tal como siempre lo había soñado… ninguna criatura de este mundo podía ser tan hermosa y perfecta.

Allí estaba él. Como había estado siempre. Tal vez fueran sus sentimientos humanos los que lo habían hecho tangible, tal vez fuera la disposición de ella a creer lo que la había capacitado para verlo y tocarlo al fin.

O tal vez todo estaba ya escrito desde el principio por seres superiores que determinaron el nacimiento de ella y enviaron a alguien para velar por su felicidad. Quizás el error lo cometieron ellos, incapaces de creer que la dicha que tanto se empeñaban en lograr estaba tan sólo a un beso.

Tal vez sí que exista el destino después de todo. Tal vez se escriba en un complejo libro de millares de páginas y cada una de sus frases nos enlaza con la siguiente. En cualquier caso ¿quién dijo que hallar la felicidad es fácil?

ESTEFANÍA JIMÉNEZ

 

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8 pensamientos en “ESPÍRITU DEL VIENTO – SUSURROS

  1. Me gusta “susurros”, me fascina este cuento, me emociona una y otra vez y me hace desear de nuevo escapar de tanta realidad. Lo hice fué muy poco tiempo antes de que tu me mostraras este precioso relato… simbiosis, magia o como lo quieras llamar…

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