FE (PRIMERA PARTE)


Hace tiempo, recordando la leyenda de la cabeza de San Ildefonso, ya publicada en nuestros Ecos de la Distancia, me vino un brote de inspiración (de esos que a veces me llegan y me dejan idiotizada durante unas horas).

Bueno, este cuento fue el resultado. Confieso que después de leerlo no me gustó demasiado, pero hubo quien me dijo que sí le gustaba, así que, después de volver a escribir sobre la leyenda, pensé que estaría bien publicarlo aquí.

  

Hacía tiempo que todos habían abandonado el templo. No quedaba nadie por allí desde hacía varias horas y sin embargo aún no se sentía preparado para salir de su escondite. Se sentía tan inquieto, tan inexplicablemente nervioso… y no entendía el por qué. Había hecho cosas similares cientos de veces, y nunca ningún botín le había parecido tan fácil como aquel. Y sin embargo… aquel malestar del todo infundado.

Quizás se debiera al silencio. Ese silencio lleno de murmullos espectrales. Ese silencio en el que había tantos sonidos y voces del pasado. Jamás había escuchado algo así.

Desde su refugio seguro en la cripta todo sonido le llegaba amplificado. La acústica de aquella catedral era espeluznante. Casi podía sentir cientos de diminutas pisadas de ratones y cucarachas golpeando como un ejército en miniatura el mármol pulido del suelo. Trataba de concentrarse en aquel sonido insignificante para infundirse los ánimos suficientes para afrontar la abrumadora oscuridad. Pero cuando ya casi lograba encontrar una cadencia relajante en todo aquel compás de criaturas, algo espeluznante le sobresaltó.

Un chirrido agudo y estridente resonó en aquel silencio golpeando las columnas. Fue tal el salto que provocó aquel sonido en su corazón que por un instante imaginó sus propios latidos como el tambor que precedía la marcha de su ejército imaginario.

Encogió su cuerpo aún más tratando de fundirlo con las sombras de su escondite. Los sarcófagos de los reyes, de una blancura refulgente en la oscuridad, no le otorgaron ninguna confianza. Era como si los huesos que allí yacían desde hacía siglos, estuvieran contra él, ofreciendo una luminiscencia sobrenatural que iluminara a cualquier ojo el robo que tenía en mente llevar a cabo.

Los capiteles de las columnas y los arcos góticos parecieron vibrar cuando las paredes de la catedral volvieron a retumbar con el eco de aquel sonido quejumbroso y siniestro.

Con una mano en su pecho trató de sujetar el trotar de su corazón desbocado. Suspiró y aquel sonido le pareció estridente. Se tapó la boca y se agachó. Contó hasta diez tratando de recobrar la cordura que aquel escenario le había provocado.

¿En qué estaba pensando? ¿Acaso un ladrón tan experto como él tenía miedo a las sombras, a los murmullos de los siglos? Ahora que su pulso volvía a la normalidad no le fue difícil identificar la procedencia del ruido que tanto le había inquietado. ¿Acaso era un niño estúpido? Casi había echado por la borda todos sus planes de meses. Aquella catedral tenía uno de los más grandes tesoros de la ciudad. Las leyendas y las habladurías la mantenían protegida de cualquier intento de asalto. La superstición y el temor de Dios tenían a raya a cualquier ladrón que soñara hacerse con aquel grandioso botín. Y si aquello no hubiera bastado, los monjes, llenos de ingenio, habían ideado numerosos trucos y trampas para asustar a aquellos más osados y menos temerosos.

Sin embargo nada de aquello iba con él. Ningún temor a Dios lo retenía pues él no pertenecía a dios alguno. Ninguna leyenda podría frenar su ansia de riqueza y ningún vulgar truco podría evitar que él, un hombre culto y ávido de poder, penetrara en aquellas paredes en las que se guardaba su mayor reto en la vida, en la que el lujo y la riqueza se escondían bajo una túnica de hipocresía y mentiras. Ninguna palabrería de ningún charlatán de poca monta, por lujosas que fueran sus vestiduras clericales, podría hacerle a él creer que toda aquella grandeza debía pertenecer a aquellos monjes avaros y obesos por el simple hecho de vanagloriarse de predicar la palabra de Dios. ¿Qué Dios permitiría que gente como él, tan competente e inteligente, nadara en miseria y hambruna mientras que aquellos inútiles se bañaban en riquezas?

Aquel terrible ruido, por escalofriante que sonara en el extraño silencio bajo la cúpula de la catedral, no dejaba de ser algo mundano y tangible. Una vez frenado su miedo irracional supo que no se trataba más que de una puerta pesada girando en unos goznes oxidados.

Unos pasos ligeros y rítmicos en el mármol, un frufrú del terciopelo al rozar el frío suelo, una respiración agitada y ansiosa, una tos conocida… Sonrió en la oscuridad de la cripta riéndose de su propia estupidez y cobardía. Tan sólo era el obispo. Aquel pusilánime blandengue. Pero… ¿qué hacía él allí a esas horas?

De repente su corazón dio tal salto que lo dejó paralizado. Los latidos eran tan fuertes que temió que alguien los escuchara. Un grito terrorífico cortó el silencio helándole hasta la médula. Todo su ser le gritaba “¡Corre!”. Y él luchaba contra su propio impulso, su propio miedo para evitar salir despavorido en una huída temeraria que lo delataría sin dudar. 

Aquel sonido desgarrador volvió a repetirse y su eco retumbaba en las paredes llenando cada cripta, cada altar, cada hueco oscuro que antes habían llenado los murmullos del silencio que tanto le habían inquietado. ¡Cómo los añoraba ahora!

El grito era inconfundible; un niño. Un pequeño que gritaba aterrado y lloraba mientras sus pequeños pies se arrastraban a la fuerza por el suelo tratando inútilmente de aferrarse con sus escasas fuerzas y su desesperación a la pulida superficie.

-¿Por qué gritas, criatura? – decía el obispo.

Desde la oscuridad, abrigado por la quietud de los reyes muertos, él tembló cuando el eco volvió a repetir aquel lamento de terror.

Los pasos y el horror de la escena se alejaban. No se atrevía ni siquiera a alzar la cabeza del sarcófago que era su refugio por miedo a ser visto por la sombra descomunal del obispo. Una sombra que no parecía avanzar al mismo ritmo que su dueño. Por un momento pudo percibir un movimiento independiente de ésta y supuso que debió ser producto de su imaginación. Sin embargo, ya no podía confiar en lo que era cierto o no, pues allí, oculto y casi seguro, creyó sentir una fuerza cruel y superior, terriblemente superior, cernirse sobre todo. Como si algo de gran poder amenazara cada rincón dentro y fuera de los muros del templo.

Aquello que era capaz de producir aquel sentimiento de congoja y desamparo en un hombre duro como él, parecía obedecer al obispo, y sin embargo, cuando su rostro frío y extremadamente pálido fue alcanzado por las ráfagas tenues de una de las luminarias, fue capaz de distinguir un rictus nervioso que casi podría identificar con el terror.

Por un momento, mientras el obispo marchaba por la pequeña puerta de acceso al campanario, fue lo bastante osado como para incorporarse y mirar fijamente la cabeza tonsurada  que ya casi desaparecía en las tinieblas impenetrables. Pero, aun sabiéndose por fin solo en aquella fría capilla, percibió tan claramente como aún podía sentir su corazón desbocado en su pecho, una mirada clavada en sus ojos que desnudaba su mente desde algún punto indefinido de las sombras. Supo que aquellos ojos que lo escrutaban estaban hechos de las propias tinieblas, alimentados y engordados por su imaginación y miedo. Él había visto marchar al obispo arrastrando al niño, nadie más quedaba allí para espiarlo. Y sin embargo…

Sacudiendo su cabeza y armándose de un valor que jamás creyó poseer se decidió a seguir los pasos del obispo a través de la sinuosa escalera de caracol. Ya imaginaba qué le esperaba allí. Decenas de escalones vertiginosos en las más profundas tinieblas, la falta de oxígeno, ninguna ráfaga de aire penetraría por aquellas minúsculas ventanas tapiadas. Odiaba los sitios estrechos y cerrados. Sufría una claustrofobia terrible, y además estaba el riesgo a ser descubierto, sumado a ese miedo irracional por aquella sombra tenebrosa que casi sentía rozar su espalda, siempre tras él, siempre pisándole los talones…

Y aun así penetró por la oscura entrada y ascendió en silencio en la más absoluta oscuridad por la sinuosa escalera de piedra. Tan sólo podía valerse de sus hábiles manos para no tropezar y caer rodando. Aferrado a las húmedas paredes, superaba uno a uno los diminutos escalones, palpando casi con desesperación la piedra a sus pies, rezando al Dios en el que jamás había puesto su fe para no errar su paso, alzando el rostro angustiado buscando un resquicio de ese aire viciado y lleno de polvo que sabía no hacía más que aumentar su asfixia.

La ascensión no parecía tener fin. Su cabeza daba vueltas. Había contado los peldaños y había anotado mentalmente casi trescientos, ¿es que aquella pesadilla jamás tendría fin? ¿A dónde conducía aquella diabólica escalera? Estaba seguro de haber visto, en su claustrofóbica marcha, las campanas de la catedral y hacía ya más de cincuenta escalones que las había dejado atrás. Sin embargo no cesaba en sus giros y giros, mareado y aturdido. Comenzaba a sentir náuseas y se encontró deseando casi con desesperación alcanzar la luz del candil del obispo, sin pensar en las consecuencias que podría traer eso.

¡Claro que había pensado en dar la vuelta! Pero aquella sombra que en un principio creyó creada por su imaginación lo acosaba desde atrás y lo apremiaba a seguir subiendo a prisa. Estaba convencido de que si la desafiaba y trataba de bajar los peldaños, no daría más de dos pasos antes de perder el pie y caer rodando trescientos escalones abajo hasta acabar con su cuello roto y su cuerpo reventado al pie de la escalera. De hecho la imagen de su cuerpo convertido en un amasijo de carne informe y convulsionándose entre terribles dolores se le había plasmado en su mente con tanta claridad como aquellos frescos que había contemplado admirado en la capilla real.

Así pues, aun con miedo y angustia, decidió seguir adelante, maldiciéndose un millón de veces por haber tomado aquella absurda decisión. ¿Qué, por todos los diablos, lo había llevado a seguir a aquel hombre por aquel lugar? ¿Acaso no le había quedado sobradamente claro al escuchar los gritos desesperados del chiquillo, que sus intenciones eran del todo oscuras?

Y en medio de aquellas cavilaciones, casi se topó bruscamente con la espalda del obispo. La débil luminosidad de su candil era absorbida por las oscuras y angostas paredes. Era como si aquella escalera que tanto terror le causaba se alimentara de cualquier rescoldo de luz o aire.

Desde su  segura posición, unos diez o veinte peldaños por debajo del hombre, pudo percibir un cambio en el ambiente. Una minúscula ráfaga de aire corrió escaleras abajo, pero para nada aquello le trajo tranquilidad. Por el contrario lo sintió sobrenatural y tórrido, como si se tratara del aliento de las oscuras criaturas del mismo infierno cuya existencia él había negado hasta la saciedad.

Para empeorar su situación comenzó a sentir aquel aliento caliente y espeso también a su espalda. Apestaba a putrefacción y por fin se convenció de que aquella presencia no era producto de su castigada imaginación.

¿Qué le había llevado hasta aquel horrible lugar? Se volvía a preguntar en medio del martilleo de su corazón y el mareo de su conciencia. ¿Acaso pensaba ayudar a aquel chiquillo, él que jamás se había preocupado por nadie excepto él mismo? Aquella filosofía siempre le había ido bien. Jamás se había metido en líos, sabía cuidar bien su pellejo. Ahora se sentía atrapado y perdido por un impulso absurdo, y lo que más rabia le daba es que sabía que en el fondo el chico no le importaba en absoluto, aquello que lo había llevado hasta allí arriba, hasta el mismo infierno, había sido una enfermiza curiosidad. Deseaba saber qué ocurriría con el niño, qué tenía pensado hacer el obispo con él, qué era aquella siniestra sombra que acompañaba sus fechorías. Y total, ¿para qué? Hacía rato ya que el niño no se resistía. Probablemente había muerto de terror o asfixia.

Continuará…

 

ESTEFANÍA JIMÉNEZ

 

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