FE (SEGUNDA PARTE)


 

Se maldijo por su estupidez. Debía haber aprovechado aquella situación en su propio beneficio. Esperar a que el maldito cura se sintiera lo bastante abstraído con su “juguete” y obtener su botín. Eso hubiera sido lo sensato. ¡Maldita fuere su estúpida curiosidad! A esas horas podría estar bebiendo y disfrutando de la compañía de una de las mozas del burdel. En lugar de eso se sentía prisionero y aterrado, solo y tembloroso sobre el precario escalón de roca viva en medio del purgatorio, acosado por el aliento de la más tenebrosa nada que lo empujaba hacia arriba.

Salvó los pocos escalones que lo separaba del lugar donde segundos antes el obispo había empujado una oscura puerta completamente oculta en la pared por las sombras. El marco era la misma roca y tras él se ocultó a espiar.

¿Qué esperaba haber encontrado, quizás un aquelarre de brujas o demonios del infierno? Era un secreto a voces que aquel hombre “devoto”, sentía una debilidad contra natura por los niños. Allí estaba aquel gusano gordo agachado frente al pequeño. Sintió arcadas al presenciar la escena y creyó no poder contener el vómito. Al contrario de lo que había pensado el pequeño aún se debatía, pero se veía demasiado débil y pálido para ofrecer una resistencia real. ¿Qué terribles pensamientos no estarían vagando por aquella mente inocente?

De repente se sintió imbuido por una fuerza superior a él. ¡Aquello era una aberración y estaba seguro de no poder pegar ojo en su vida si no le ponía fin en ese instante! Llenó su pecho con aquel repugnante aire viciado y apretó los puños queriendo infundirse valor. Recordó su pequeña daga que hasta ahora le había parecido un arma vaga y absurda contra sus enemigos fantasmales creados de sombras. Ahora lo sentía todo mucho más mundano y real, sacudido por la terrible realidad de aquel crimen del que estaba siendo testigo. Aferró su arma y dejó las tinieblas de la escalera.

Empujó con fuerza la portezuela y ésta hizo un ruido de crujir de huesos. El obispo, arrodillado en el suelo frente al cuerpo del niño, giró su arrebolado y asqueroso rostro hacia él.

Algo se desató en su interior al enfrentar aquella mirada. Un terror inhumano como nunca había experimentado fue creciendo poco a poco hasta ahogar su garganta. Trató de tomar aire pero fue incapaz, sentía que aquel pánico que sentía lo ahogaba. Su daga cayó al suelo con un tintineo hueco.

Los ojos… Esferas desorbitadas inyectadas en sangre de dilatadas pupilas anormalmente grandes… Su rostro estaba desfigurado por la sangre y una expresión de horror que no hacía más que acrecentar la suya propia. Sus labios temblaban y de ellos manaba una espuma rojiza. Aquel hombre al que había temido hacía apenas un instante aparecía ahora pusilánime y aterrado, hecho a penas un guiñapo tembloroso y herido, arrodillado a los pies del niño.

El niño… Lo había creído desvanecido, pero se incorporó y sentó con pasmosa calma cuando escuchó la puerta girar. Mientras se quedaba paralizado por esa sensación de pánico que no conseguía comprender y examinaba el rostro desencajado del obispo, el pequeño lo contempló a él con mirada escrutadora, unos ojos que ardían con un fuego intenso… infernal. Clavó sus rojizas pupilas en las suyas y él, que había penetrado en aquella habitación como un rescatador, ahora se sintió atrapado por una fuerza superior y sobrenatural que había presentido desde el comienzo de aquella interminable noche.

No tuvo más voluntad, atrapado por aquella terrorífica mirada supo que el fin estaba cerca. No había más niño… ninguna criatura inocente a la que salvar…

Con sus manos aferraba unas invisibles cuerdas con las que manejaba al obispo. Éste se despellejaba su propio rostro con el crucifijo. Era una escena terrible. El hombre miraba suplicante a aquel que había aparecido de las sombras de la escalera. Su rostro tenía una expresión de dolor y miedo insoportables. Padecía un infierno mientras el niño lo miraba con calma y con una sonrisa helada. De vez en cuando dirigía una mirada divertida al intruso y lo desafiaba mudamente:

– “¿Quieres que pare? Adelante ¡Haz que pare!”-. Las palabras aparecían en su mente pero el pequeño diablo no movía sus labios congelados en aquella diabólica sonrisa.

Su mente, atrapada en lo que le parecía una pesadilla, comenzó a latir de nuevo. Pudo percibir al fin los detalles de aquella terrible escena. Lo que a él le había parecido un crimen sexual, tenía un carácter mucho más siniestro. No era el obispo la amenaza, sino aquel niño, cuya mirada abrasaba como las llamas del infierno al que estaba seguro pertenecía.

Ahora fue capaz de entenderlo todo, y con la comprensión se acrecentó el miedo pues supo con certeza que jamás saldría de allí. En realidad, nunca había tenido salida, desde el preciso instante en que se escondió tras la tumba de los reyes para robar los bienes de la iglesia. Aquella sombra que lo acosaba desde atrás, se había cernido sobre él mucho antes de que el niño apareciera. Aquella cosa que custodiaba a su demonio jamás lo hubiera dejado marchar.

El obispo, aquel patético hombrecillo ávido de poder y riqueza, habría quizás conocido la naturaleza de aquel pequeño. Sin duda era hijo de algún noble, de alguien con el suficiente poder para que el mismo demonio hubiera depositado su semilla en aquella cuna. ¿Qué pretendía aquel clérigo estúpido? ¿Había querido desafiar al mismísimo Satán tratando de aniquilar a una de sus criaturas? ¿O también él había pertenecido a aquel grupo de siervos del infierno contra el que los inquisidores trataban de advertirlos a diario y había cometido alguna falta contra sus señores? Tal vez aquel fuera su castigo por faltar en sus obligaciones. Sabía lo bastante sobre aquel hombre como para no sorprenderle que fuera así. Si alguien le hubiera pedido que señalara a quién creía servidor del infierno, habría dirigido su dedo hacia el obispo sin dudar.

Y sin embargo la tortura era demasiado cruel y él era incapaz de dar un paso para detener aquel horror. En aquel momento no pudo determinar si su cuerpo estaba detenido por el terror o por aquella sombra guardiana que espiaba sus pasos desde atrás.

Sea como fuere, el rostro del obispo, apuñalado una y otra vez por su propio crucifijo, no era más que un amasijo de carne sanguinolenta y palpitante, pero ningún grito salía de su garganta. El momento le pareció una eternidad, todo se movía lentamente: las embestidas de la cruz de plata, la sangre goteando a sus pies martilleando la roca del suelo con un ritmo hipnótico, los suspiros silenciosos cada vez más lentos… y los movimientos del niño, crueles, manejando a su marioneta con cuerdas de viento. Sólo su corazón marchaba a un ritmo frenético y el aliento helado que desde atrás lo envolvía en su manto de tinieblas.

La muerte se cernió sobre aquel despojo humano con deliberada lentitud. La tortura se prolongó hasta que las paredes temblaron sacudidas por el tañar de las campanas situadas a unos metros por debajo. Doce sonoros golpes que estremecieron su cuerpo erizando la piel de su espalda.

Las puñaladas cesaron entonces. El obispo se arrastró hacia el suelo y su cuerpo se sacudió a penas unos segundos sobre su propia sangre. El niño bajó sus manos con una mueca de fastidio. Entonces giró su marmóreo rostro hacia él.

Sabía que ya era demasiado tarde para huir y que de cualquier modo, aunque lo intentara, jamás lo lograría. Él era un preso más en aquella telaraña invisible. Percibió con nitidez y horror los diabólicos planes que aquel engendro del mal tenía para él. Creyó morir de puro pánico y deseó poder contar con el dominio de su propia movilidad para arrodillarse ante aquella criatura poderosa. ¡Qué le importaba a él servir al diablo con tal de salvar el pellejo!

El niño sonrió ante aquella idea transmitida a su mente. Por un momento suspiró aliviado, tal vez saliera con bien de aquello. Después de todo podría salir beneficiado de aquel pacto con Satán. Él sería un fiel servidor, nunca cometía errores, nada que ver con aquel religioso inepto. Quizás aquel niño tendría la llave del éxito que tanto tiempo había perseguido. Era bien conocido que el príncipe de las tinieblas compensaba  generosamente a sus fieles…

El pequeño se puso lentamente en pié interrumpiendo sus pensamientos. Temblando lo miró con ansiedad, tratando de encontrar alguna expresión en aquel hermoso y cruel rostro de cera. Una sonrisa enorme apareció en aquella talla de mármol, un destello peligroso en sus ojos negros, un brillo candente y rojizo en su mirada. Paso a paso se acercó a él y alzó su manita suave y cuidada. Mientras negaba lentamente con la cabeza, le rozó el rostro con la yema de sus dedos delicados y una ráfaga de hielo puro congeló sus facciones. El frío ardía como las llamas del infierno.

Nunca nada en su dura existencia lo había preparado para un dolor como aquel, el sufrimiento era terrible y sin embargo, aunque habría deseado proferir mil alaridos, ningún sonido salió de su garganta. Ni siquiera cuando unas poderosas manos invisibles lo empujaron desde atrás hacia la ventana.

Los cristales se clavaron en su carne y a penas experimentó dolor, tal era la tortura a la que su carne estaba siendo sometida. Trató de evitar la caída, pero al lanzar una rápida mirada a sus manos que se aferraban inútilmente al marco, sintió su voluntad abandonar definitivamente su cuerpo. Su carne era del mismo material helado y húmedo que la pared… ¡su cuerpo era de roca!

El horror aumentó hasta llevarlo a la completa locura cuando llegaron de nuevo hasta él los pensamientos del niño. No era su intención acabar con la vida de aquel intruso que había venido a interrumpir sus juegos. Su cuerpo permanecería eternamente en la fachada principal de la catedral.

Aquellas manos de tinieblas lo alzaron y lo clavaron a la roca. Su rostro de horror uno más en aquel mar de criaturas de piedra. Desde tan cerca pudo contemplar las increíbles gárgolas, rostros deformes y pétreos que lo miraban suplicantes con unos ojillos llenos de vida y dolor, ojos eternamente vivos como los suyos propios.

Ningún grito alertó a aquellos que dormían. Nada quebró la sepulcral quietud. Tan sólo los susurros de las ánimas de la catedral que, en su particular silencio lleno de estruendo, asistieron impertérritas al sacrificio de aquel que había venido a robar su tesoro como tantos otros lo habían intentado antes.   

Fin.

ESTEFANÍA JIMÉNEZ

 

ENTRADAS RELACIONADAS:

FE (PRIMERA PARTE)

LEYENDA DE LA CABEZA DE LA IGLESIA DE SAN ILDEFONSO (JAÉN)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s