EL CALLEJÓN DE LA ERMITA


[…]

……………………………….

¿Vuelve el polvo al polvo?

¿Vuela el alma al cielo?

¿Todo es vil materia,

podredumbre y cieno?

¡No sé; pero hay algo

que explicar no puedo

que al par nos infunde

repugnancia y duelo,

al dejar tan tristes,

tan solos los muertos!

Gustavo Adolfo Bécquer (fragmento de la rima LXXIII)

 

La oscuridad se cernía sobre ella casi impenetrable mientras caminaba por aquel callejón húmedo y pestilente. El callejón de la ermita.

Las luces de la aldea brillaban lejanas y casi irreales en la distancia. Su titileo le pareció tan fantasmagórico como la niebla que la rodeaba.

De vez en cuando escuchaba algún revoloteo sobre su cabeza, murciélagos tal vez, nada inquietante. Los gatos huían aterrados de su camino y sonrió tensa. ¿Era  posible que alguien estuviera aun más asustado que ella?

La soledad le pesaba tanto que su caminar le pareció lento y torpe, como si fuera arrastrando un pesado fardo que se enredara en sus pies y le impidiera salir corriendo. Sin duda eso es lo que era, una carga pesada que aumentaba con su creciente inquietud.

Sintió la necesidad de mirar atrás, una vez más. Tal vez entonces encontrara algo a su espalda. La idea la hizo estremecerse, pero a pesar de ello giró su cabeza. Nada. ¿Por qué seguía mirando si le aterraba encontrar a alguien tras ella? ¿Cuánto más debía cerciorarse de que no había nada que encontrar? Tan sólo su miedo absurdo, la peor de las amenazas.

Una ráfaga de aire helado agitó su falda y el crujir de la lana estruendoso en sus sensibles oídos. Su aliento se entrecortó y aceleró la marcha. El sonido de sus pasos sobre los adoquines le parecía el latir del corazón de alguna criatura en aquel extraño escenario. Un ser de pesadilla que caminara a su par para recordarle lo débil e indefensa que era.  Se detuvo y el silencio absoluto fue peor. Notó como se le erizaba el vello y sintió de nuevo la necesidad de volver su cabeza para enfrentar sus miedos vanos. En lugar de ello, se obligó a mirar al frente y a seguir caminando por aquel mar de oscuridad y silencio que amenazaba con ahogarla.

Su mente no funcionaba con la claridad que debería. No sabía por qué sentía tanto miedo. Estaba sola, cierto, pero aquello no era una novedad. En la mayor parte de su miserable existencia, la soledad había sido su única amiga. Podía contar con los dedos los momentos en los que se había visto gratificada con la compañía de alguien. Y de todas ellas, no recordaba ninguna vez que hubiera salido bien parada. No, sin duda aquel no era el motivo. Estaba acostumbrada a vagar sola, a enfrentarse a desalmados y rufianes, a luchar día tras día con el hambre, la miseria y esa soledad. Y no siempre salía victoriosa de la contienda, ¡bien que lo sabía ella! Así pues, aquella noche no podía entender sus miedos.

Nunca había sido una persona supersticiosa, la vida en la calle ya era lo bastante difícil como para añadirle complicaciones. Sin embargo, no dejaba de darle vueltas a algo. No conseguía recordar qué absurda causa la había llevado a adentrarse en aquel callejón de muerte. Tantas historias se contaban acerca de aquel lugar… tantas leyendas de aparecidos arrastraba a lo largo de su oscura historia. A pesar de su visión fría y objetiva de la vida, no pudo dejar de pensar en ello con inquietud. ¿Por qué estaba ella allí? ¿Por qué no recordaba el motivo?

Allí, donde tantos otros antes que ella habían penetrado… donde los ancianos contaban que tantos otros no habían regresado jamás. Allí donde se decía que las almas vagaban eternamente y se recreaban en atormentar a los vivos.

El eco de un gruñido rompió la quietud. Su respiración se detuvo y pudo escuchar sus propios latidos resonando en el callejón. Trató de convencerse de que sólo había sido un gato, había cientos de ellos por la calle. Todos huyendo de ella, todos aterrados por su presencia.

¡Cuántas veces había desechado aquellas absurdas historias de aparecidos que había escuchado desde niña! El callejón de la ermita tan sólo era un callejón estrecho, húmedo y pestilente donde deambulaban ratas y gatos… Aquellas historias habían sido creadas siglos atrás para alejar a los merodeadores. Las propias monjas encargadas de la ermita las debieron dejar correr hasta que se convirtieron en un río desbordado y ya nadie se atrevió a frecuentar el lugar. Esa fue su sentencia. Las flores de la capilla ya jamás se cambiaban, las campanas sólo tañían agitadas por los vientos, los goznes de las puertas se oxidaron y descolgaron por falta de cuidados… la imagen de la pequeña ermita era ahora grotesca y siniestra, aquejada como estaba por un completo abandono.

Pero el correr de los años y el terrorífico aspecto del edificio, actuaron como el aire que avivara una hoguera sobre las leyendas e historias de fantasmas. Tanto que ya casi nadie recordaba las raíces de aquellas historias, aquellas que las monjas de la ermita habían sembrado arrastradas por su temor y habían regado gracias a los miedos de los aldeanos.     

 Contempló las amarillentas y desconchadas paredes que irradiaban una luz fantasmagórica. Los pequeños ventanales, con sus cristales rotos y sus rejas oxidadas, parecían observarla y reírse de su temor.  Escuchó con atención los ruidos de la noche. Todo estaba bien. Cuando su corazón adquirió un ritmo casi normal, fue capaz de percatarse de que había detenido sus pasos. ¿Por qué cuando todos sus instintos la instaban a salir corriendo su cuerpo se negaba a obedecer?

Aspiró hondo y expulsó el aire que había estado conteniendo en los pulmones. Éste salió blanco, casi palpable en la oscuridad. Entonces fue cuando se dio cuenta de que la temperatura había bajado notablemente. Se encogió en su toca de lana desgastada y suspiró. No recordaba que jamás hubiera tenido tanto frío. Era seco y doloroso. Lo sentía recorrer sus extremidades y ahondar en su piel hasta calar sus huesos, hasta congelar el tuétano. Sus dientes castañetearon convulsivamente, azotados por el frío y los nervios.  

De nuevo un crujido. ¿Otra vez su falda? Hasta donde ella conocía la lana no sonaba como un crujir de huesos. Aquel chirriar siniestro le produjo dentera y debilitó completamente su escasa voluntad de continuar su caminar.

Sintió como el miedo le congelaba los músculos, ¿o quizás fuera el frío sobrenatural que desde hacía un rato la rodeaba?  Más crujidos a su espalda, demasiado cerca esta vez. Allí donde su cuello deseaba girar y su sentido común le decía que no lo hiciera. Se escuchaban demasiado cercanos para tratar de engañar a su mente. Ahora casi tronaban sus oídos. Pero ella era incapaz de relacionar el ruido con nada que hubiera escuchado antes y aquello fue sin duda más terrible aún. Su mente, adormecida por el terror, se encontró desarrollando una increíble imaginación que jamás había sabido que poseyera. Mil ideas la recorrieron, un millar de posibles explicaciones para todo. Cada una de ellas más terrorífica que la anterior. Y en aquel momento de delirio y espanto, fue capaz de recordar las numerosas leyendas que se escuchaban acerca de ese lugar, las nuevas, pero principalmente las viejas. Aquellas que las monjas habían dejado sueltas para que se extendieran como una plaga de cucarachas.

El callejón de la ermita… el camino de los muertos. Aquellos que habían perdido su vida de manera violenta y aún no eran conscientes de ello, se paseaban por él en una noche eterna en la que la luna jamás brillaba, el frío golpeaba los huesos y la soledad se hacía más terrible que la más terrorífica de las pesadillas. Era allí donde los espíritus clamaban por un resquicio de la vida que habían tenido y no comprendían que habían perdido. Y aquellas almas carentes de cuerpo, caminaban con sus brazos extendidos abrazando a cualquier incauto que se atreviera a acercarse.

Sus piernas reaccionaron. El momento de vacilar había pasado. El miedo era agudo y terrible, lo bastante como para imbuir de voluntad sus músculos ateridos por el frío y el terror.

El callejón le parecía eterno. ¿Acaso no había visto ese cubo de basura tres veces ya? Y mientras sus pasos golpeaban los adoquines barnizados de escarcha, un jirón de nube corrió en el cielo a la par de sus piernas. La luna quedó al descubierto, una enorme luna que le pareció extraña y terrorífica. Se sintió pequeña e insignificante bajo aquella inmensa luna. Dentro del caos que era su mente una sombría pregunta se abrió paso en ella: ¿dónde estaba la luz que de aquella terrorífica luna debía irradiar?

De nuevo sus pies se detuvieron como guiados por una voluntad externa. Su aliento entrecortado creaba nubes de vaho y su corazón acelerado era incapaz de detener su trotar desbocado. Alzó su rostro, pálido como el mármol y se enfrentó a aquella luna sobrenatural que la aterraba inexplicablemente.

Sus pupilas dilatadas se detuvieron en el rostro de aquella diosa nocturna, más poderosa que el poder mismo. ¿Qué hacía de aquella luna algo tan aterrador? Su luz. ¿Por qué de una luna llena tan inmensa ella era incapaz de rescatar ni un vago destello de luz? ¿Por qué a su alrededor todo era impenetrable negrura y frío?

Quiso cerrar los ojos y poner en orden sus pensamientos, alejar de ella ese miedo infundado, ese nerviosismo absurdo. Se dijo una y mil veces que todo era una ilusión, producto de su imaginación. La luna era como debía ser, la oscuridad como era la oscuridad en un callejón estrecho, el frío propio de la época… pero sus párpados se negaron a cerrarse, ¿cómo arriesgarse a dejar la visión de lo que estaba por venir? Pero ¿qué estaba por venir? Nada. Se esforzó en pensar que la luna no se burlaba de ella negándole su luz. Que los gatos no huían de su trayectoria. Se repitió una y mil veces que volvería a mirar atrás y no encontraría nada.

Pero en su cuello sentía un cosquilleo inquietante. Una sensación horrible de querer y no querer. Cómo ansiaba mirar atrás y acabar de una vez con la inquietud… Pero su corazón se paralizaba con tan sólo pensarlo. Y sus instintos le rogaban que lo olvidara, que corriera…

El corazón dio un salto y se instaló en su garganta cuando aquel chirrido angustioso resonó junto a su oído. Notó como todo el aire que guardaban sus pulmones salía a la inmensa noche. Sus ojos, resecos de tanto tiempo como llevaba sin parpadear, comenzaron a escocer y espesas lágrimas se escurrieron por sus mejillas heladas nublando su vista, ahora que tanto precisaba de ella. Y entonces algo en su mente atormentada le dijo que era tarde, que su tiempo de correr se había acabado, que era hora de pagar su insensatez.

Crujir de huesos… susurros del viento acariciando su cabello… el frío aliento de algo inhumano besando su mejilla…

Fue en el preciso instante que lo escuchó cuando su cuello comenzó a moverse con voluntad propia. En ese preciso instante en que debería haber corrido, en aquel momento en que apenas se sentía con fuerzas para gritar…

Aquella ronca voz que más era un gañido… un suspiro atormentado clamando por un poco de aire… su aire. Y su cabeza que aún seguía girando, aun a sabiendas de que sólo encontraría horror.

Casi pudo oler la excitación de aquello que aguardaba tras ella… casi pudo saborear el placer de su triunfo. Y mientras ella ya se sentía perdida. Perdida en la fascinación de lo desconocido. Acechada por una pesadilla que no la dejaría despertar… apresada por su propia insensatez…

Y fue en aquel momento, en aquellos segundos escasos en los que su cuello giraba, cuando las impenetrables brumas de su mente se despejaron y recordó…

Recordó y ahora sí que temió, pues supo exactamente qué era lo que aguardaba tras ella. Lo supo con tanta seguridad… Entendió que correr no serviría de nada, que no existía lugar en el que pudiera esconderse.

Su alma había intentado huir de lo inevitable y ahora clamaban por ella.  Pero hacía tiempo que no le pertenecía y lo comprendió mucho antes de que su cuello hubiera acabado de girar para enfrentar el horror…

¡Horror! Un rostro desfigurado que mostraba terribles grietas y contusiones… La sangre reseca cubría su mitad izquierda en una cascada procedente de su cráneo. Allí la sangre era más espesa, mezclada con una sustancia grisácea y repugnante. Unas manos suplicantes se alargaban anhelantes hacia ella. Sus dedos temblorosos le rozaban el pelo, su aliento helado le congeló la sangre. Y, aquel cuerpo horrible que se arrastraba hacia ella, crujía con aquel terrible sonido. Las extremidades rotas y astilladas luchaban en aquella carcasa inservible, tratando de caminar a su paso produciendo aquel infernal sonido sacado de una pesadilla.

Pero no lo era. No era un sueño aquello que vivía. Lo presintió mucho antes de haber comenzado a temer… lo supo entonces, mientras su alma era engullida por aquella abominación… Lo supo especialmente cuando miró aquellos ojos vacíos y carentes de vida y se reconoció en ellos. Entendió que todo había acabado mucho antes de comenzar, cuando recordó que su cuerpo ya no estaba entre los vivos cuando comenzó su odisea, cuando supo que aquella terrible criatura que la perseguía era ella misma, caminando tras su propia alma en aquel oscuro callejón de la ermita. El sendero de los muertos que no hallaban descanso.         

ESTEFANÍA JIMÉNEZ

 

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¡DESPIERTA!-PAISAJE AZUL

¿ÁNGEL?

ESPÍRITU DEL VIENTO – SUSURROS

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FE (PRIMERA PARTE)

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EL LAMENTO DEL CHACAL (INTRODUCCIÓN)

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2 pensamientos en “EL CALLEJÓN DE LA ERMITA

  1. Sí, la verdad es que está inspirado un poco en él, pero no es nuevo. Lo escribí el año pasado pero lo he cambiado un poco porque después de volver a leerlo no me decía nada. Ahora creo que ha quedado mejor. Me alegra que te guste.

  2. Muy chulo,este es nuevo no?no lo conocía.Se me ha puesto la carne de gallina.Me ha recordado un poco al Miserere de Becquer.

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