CARTA A MI QUERIDO COMPAÑERO


Hoy os desnudo mi alma un poquito. Os dejo una carta que escribí hace un tiempo para un concurso (uno de esos que nunca gano ;D). Es un poco deprimente, lo sé, pero os juro que todos los sentimientos estuvieron ahí, latentes un día, y que aún hoy queman al recordar…

Se la dediqué a mi madre en su día (y la pobre lloró al leerla, soy una mala hija), y sigue siendo suya; un homenaje a mis héroes.

A los que la leéis por primera vez, espero que os guste; a los que ya la conocíais, bueno, espero que os agrade volver a leerla.

 

Querido compañero:

Anoche tuve un sueño. En él, la niebla no era más que una pequeña nube que ambos sorteábamos sin dificultad. La oscuridad no se cernía sobre nosotros como lo hacía ayer. Todo era luz y claridad y nuestros corazones latían libres de miedo y dolor.

Pero mi cerebro me trajo de vuelta a mitad de la noche. De nuevo me encontré tendida en mi cama, temblando de frío, empapada de soledad.

Al principio, las imágenes de aquel sueño me trajeron paz. Casi pude volver a sentir tu calor junto a mí, oler el perfume de tu piel, sentir la seguridad de tus brazos. Con los ojos cerrados, evoqué el sabor de tus labios, esa dulzura tan pura, tan vital. En el interior de mis párpados encontré el brillo intenso de tus pupilas cuando me mirabas. Creí incluso percibir tu sonrisa sensual sugiriendo mil y un caminos hacia el placer más dulce.

Pero mi cerebro cruel se revolvió contra mi imaginación. Conforme la realidad se fue abriendo paso en él, fue deshaciéndose de aquellas imágenes que tanto necesitaba para volver a respirar. Primero sentí el frío, tu cuerpo no yacía junto al mío. Después regresó el olor a sábanas empapadas por mi propio y único sudor, el tuyo se esfumó. Mi cuerpo tembló de miedo y no halló el consuelo de tus brazos a su alrededor. Mi boca saboreó el aire y sólo percibió la hiel de mi soledad.

Abrí los ojos al fin y la oscuridad más terrible inundó mis retinas. No estaba allí el brillo de los tuyos mirándome con esa pasión e intensidad con la que sólo tú sabías mirarme. No desnudabas mi alma con esa mirada llena de amor, no se agitaba mi corazón con cada parpadeo tuyo. No había más ojos que los míos en aquella helada oscuridad. Y ya no regresó la imagen de los tuyos. Por más que yo cerrara los párpados una y otra vez, lo único que conseguí fue desbocar un río de angustia que fluyó por mis mejillas agrietadas.

De nuevo, como cada día, la realidad rebotó en el hueco de mi pecho. Pero su eco esta noche, fue más terrible, pues te tuve de nuevo en mis brazos y al despertar estuve más sola que nunca. Y desgarradoramente la comprensión se batió sobre mí.

Nunca más esa sonrisa tuya iluminaría mi vida ni prometería nada. Nunca más el vacío sería llenado. Jamás regresarían los momentos vividos… jamás, tan sólo en mis crueles sueños. Crueles porque me hacen daño, porque son demasiado débiles ante la abrasadora realidad. Porque no me quieren en su mundo y me obligan a regresar a lo que es la más pura agonía después de haberme dado a probar de nuevo la felicidad.

Y ahora recuerdo cada palabra que me dijiste. Sé que te prometí ser fuerte y seguir adelante. Pero dime cómo podría lograrlo. Nunca creí mi propia promesa… ni siquiera creo que lograra engañarte a ti. Y eso me produce aún más dolor. Sólo el pensar en traicionar tu confianza me escuece más que mis propias lágrimas.

Pero reconoce, amor, que tampoco tú fuiste demasiado sincero conmigo. Me juraste luchar, me prometiste ganar… pero cada vez regresabas más herido. Y al final te dejaste vencer.

¡Perdóname, por favor! Yo mejor que nadie sé lo duro que fue para ti. Apenas logro concebir tanto dolor y sufrimiento en un cuerpo que fue mi pilar durante los mejores años. Y aunque estuve a tu lado, no pasa un solo día en el que no me pregunte qué más podía haber hecho, cómo podría haberte ayudado a vencer. Y aunque todos me repitan una y mil veces que siempre estuve ahí, que te hice feliz, que siempre te ayudé… me quema la duda en mi alma.

Pero ya nada tiene importancia. Lo cierto es que al final ambos perdimos. ¡Oh, tú más que yo, sin duda! No puedo borrar la terrible imagen de aquellos ojos perdidos. Aquellos labios otrora tan dulces, convertidos en símbolos de tu inmenso sufrimiento. Tu cabello que fue brillante y oscuro, ralo y cubierto por hebras de plata. La fuerza de tu hermoso cuerpo evaporada por siempre. Y ese sudor helado que me transmitió tu pesadilla. Aquel último aliento que me regalaste en una siniestra despedida quedó marcado a fuego en mi mente.

¿Qué fue de mí? No recuerdo más que aquella última despedida. En aquel momento, el mundo entero se paralizó. Creo que corrí… en fin no estoy segura. Pero no supe lo que significaba la palabra dolor hasta ese preciso instante en que tus pupilas perdieron su brillo y se clavaron en la nada.

Otro recuerdo me atormenta además y al evocarlo siento el frío más intenso si cabe. ¿Por qué traté de captar de nuevo la suavidad de tu piel? ¿Acaso no soy sensata? ¿Acaso no sabía que sería imposible recuperar lo perdido? Y sin embargo caí en la absurda trampa de acercar las yemas de mis dedos a tu mejilla. El frío paralizó mis huesos y no han recobrado el calor desde entonces…

Sin embargo anoche volví a tenerte entre mis brazos… volví a sentir tu calor. Una felicidad como nunca antes sintiera llenó mi alma. Pensé en el miedo y me reí de él…

Pero ya ves que he despertado, y el dolor sigue aquí. Es todavía más fuerte que nunca pues ha vuelto a recordarme todo cuanto he perdido. Nunca encontraré palabras para decirte lo mucho que te necesito y me parece del todo innecesario hacerte saber que jamás curaré esta herida.

Hoy siento mi corazón más débil que nunca, y a cada latido que da, mi alma le hace la misma súplica: “¡Detente ya!”

Lo sé, te prometí que lucharía. Pero yo nunca fui tan fuerte como tú y ahora es mi cuerpo el que tiene la última palabra. Así pues, esta es mi carta de despedida, porque ya no quiero más una vida repleta de agonía. Mi último aliento lo plasmo en papel como tú lo hiciste sobre mis manos.

Sólo te ruego que no me guardes rencor por faltar a mi promesa de continuar, pues lo cierto es que yo ya me rendí hace mucho y lo que aconteció después de tu adiós, no fue más que una existencia de pantomima.

Con esto me despido ya de veras, con el único deseo en mi alma de que, allí donde tú te encuentres, exista aún hueco para mí en tu corazón, como sé que lo hubo siempre.

 Con amor;

tu esposa por siempre.

ESTEFANÍA JIMÉNEZ

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2 pensamientos en “CARTA A MI QUERIDO COMPAÑERO

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